La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

respaldo público. Mi hipótesis es que la mejor forma de entender la autoridad moral en la vida pública entre los peruanos es verla como un ejemplo de juicio práctico, un «conflicto de interpretaciones» en el sentido de Paul Ricoeur, y no como un ejemplo de «verdad evidente por sí misma», como querría hacernos creer Hannah Arendt. Pese a su hostilidad contra el cientificismo, Arendt sigue atrapada dentro de la «jaula de hierro» construida por ella misma, tal y como lo indica su tendencia a la dicotomía de las prácticas morales entre «tradicionales» (verdad objetiva) y «modernas» (interpretación subjetiva), y a la descripción de la vida pública como un escenario para la ejecución de grandes proezas por los pocos virtuosos, y no como una forma de vida constituida por los muchos en el ejercicio del «heroísmo cotidiano». En el Perú del siglo XIX la individualidad democrática surgió en las asociaciones cívicas, económicas y políticas y se desarrolló en la dinámica interpersonal de sus miembros. Las asociaciones proporcionaron a los peruanos un vehículo para un ida y vuelta entre la vida pública y la vida privada. Pero esos grupos y las redes formales e informales que se originaron en ellos eran algo más que hechos organizacionales; según me propongo mostrar, eran la materialización concreta de formas democráticas de vida. En esos templos, los miembros se turnaban para «representar» la democracia, y con ello se impulsaban unos a otros a encontrar nuevas maneras de traducir su comprensión particular del autogobierno (y la soberanía colectiva) en concepciones intersubjetivas. Al adquirir un carácter rutinario, esas prácticas terminaron por proponer a los peruanos criterios compartidos para la evaluación recíproca de sus actos en la vida pública. En el ejercicio de la democracia en la vida diaria, los peruanos no hacían, en realidad, sino constituirla. En su fecundo artículo sobre la «crisis de la autoridad», Hannah Arendt también sostenía que la vida asociativa era la más eficaz salvaguardia existente para proteger a la democracia moderna contra la amenaza del totalitarismo. Como se desprende del párrafo anterior, coincido con ella en este punto. Si bien su argumento fue adoptado por los tocquevillianos que estudiaban la vida pública en Europa Occidental y América del Norte, quienes la analizaban en el Tercer Mundo lo rechazaron. Como reacción a la difusión del nacionalismo y el populismo por África, Asia, la India y América Latina, toda una generación de estudiosos, encabezados por Samuel P. Huntington, se apropió de elementos varios del argumento de Arendt, pero con el fin de elaborar una interpretación alternativa de la vida 13

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