Nuestra nueva forma de vida [democrática] exige de nosotros, los escritores, iluminar más que inflamar las pasiones de nuestros lectores. […] [No debemos] hablar desde el corazón cuando no podemos persuadir al intelecto; no debemos provocar furia y lástima [para moverlos a actuar]. Antes bien, deberíamos apelar a razones racionales para tratar de sosegar su exaltada imaginación (El Genio del Rímac, 1834b; 1834d). Los escritores moderados se apoyaban en la terminología cívica católica para criticar y modificar las prácticas periodísticas, pero sin ningún efecto perceptible. Tal vez esa fuera la razón por la que el pueblo llano no distinguía con claridad entre un artículo periodístico y un manual religioso: «A más de los periódicos […], se […] oye [a los vendedores callejeros] ofrecer a los transeúntes “cuatro panes de jabón y la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo […] [e] instrucción para hacer una buena confesión”» (Lastarria, 1967, p. 89). Los periódicos y los manuales coincidían en el hecho de apoyarse en el dogma y no en la deliberación para mantener el interés del lector. Un pequeño número de integrantes del pueblo llano tenían en Perú capacidades de lectoescritura, pero pocos de ellos poseían aptitudes deliberativas dignas de mención. REDES COMUNICACIONALES La élite y el pueblo llano peruanos de las zonas urbanas y rurales desarrollaron una serie de prácticas comunicacionales: lectura y escritura, rumores y chismes, señales visuales y movimientos corporales, para influir en las opiniones de los otros sobre los asuntos públicos. Prácticas de lectura y escritura En contraste con su par de México, la élite de Lima no frecuentaba los cafés. Según el cónsul francés, Monsieur Félix Lettelier, en la capital peruana había apenas cuatro cafés, todos ruinosos y carentes de vida social (Lettelier citado en Pérez Mallaína, 1980, p. 210)122. La élite limeña, enloquecida por el estatus, los evitaba porque a ellos concurría gente del común. Durante sus visitas a Lima para comprar herramientas y provisiones agrícolas, un autodenominado rústico solía parar en el café Bodegones, donde «rogaba a una de las personas mayores […] que le leyera […] los anuncios [del diario]» (Huayra-Chaqui, 1843, p. 3)123. A diferencia de la élite de México, su par de Lima se congregaba en 137
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