«[Los] escuchaba leer los diarios, y luego trataba de leer […] la mayor cantidad posible de artículos sobre una diversidad de temas» (Anónimo a, 1843, p. 3). Los juzgados también brindaban a las mujeres de la élite una oportunidad de aprender a leer y escribir y deliberar en público: No crean que soy otro de esos charlatanes que escriben sobre asuntos legales sin conocer nada del tema, o que soy de aquellas que, como lo prescribe mi sexo, solo pueden remendar calcetines, coser blusas y cocinar guisos. A decir verdad, la vida doméstica me ha enseñado todo lo que necesito saber, y [por mis experiencias] he tenido confirmación de lo que tantas veces escuché de niña: los pleitos enseñan a las mujeres cómo defender sus derechos. […] Al memorizar los argumentos que esgrimen los abogados, aprendemos a defendernos (Anónimo a, 1843, p. 2). También los esclavos podían contar con el sistema judicial para conocer sus derechos. El «Defensor de Menores» se convirtió en una «gran figura» en la comunidad negra porque enseñaba a los esclavos y ex esclavos cuáles eran sus derechos y cómo podían protegerse de amos y empleadores abusivos (Blanchard, 1992, pp. 41-46, 74 y 204-205; Aguirre, 1993, pp. 157-158, 184-185, 194-197, 201-207 y 277; Hunefeldt, 1994, pp. 15, 65 y 237). La opinión pública seguía siendo muy reducida aun en Lima. La mayoría de los artículos publicados en los periódicos abundaban en difamaciones y una retórica extremista: Al revisar nuestra producción periodística encontramos poco que sea de verdadera importancia para la nación. Nuestros periódicos están llenos de ataques repugnantes y calumniosos y vergonzosas polémicas que nuestros escritores usan simplemente para arruinar la reputación de algún colega. Nuestros debates públicos no son mejores. También en ellos se acostumbra ventilar animosidades personales. Nuestros diarios no están a la altura de su principal deber. […] La falta de generosidad que anima a los directores de nuestros periódicos […] es un obstáculo para nuestro país, y no un factor que contribuya a su progreso (El Progreso, 1850a, p. 7)120. Los fanáticos políticos inundaban la esfera pública con diarios extremistas como El Telégrafo, La Guardia Nacional y La Verdad, que eran los más influyentes y de mayor éxito económico. Por lo común, eran los periódicos más intolerantes y fanáticos los que terminaban por definir los parámetros periodísticos para el resto (Pardo y Aliaga, 1869, p. xvii)121. Los pocos escritores públicos que se resistían eran ignorados: 136
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx