La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

opinión pública. A fines de la década de 1840, Pedro Félix Vicuña, un corresponsal de El Mercurio, el principal diario chileno, visitó la ciudad y señaló: Lima es un lugar singular, y casi podría decirse que hasta único; todo el mundo siente aquí pasión por escribir […] y quienquiera que escriba tiene la certeza de ser leído. […] No se crea que los caballeros son los únicos que leen aquí; el pueblo, artesanos y trabajadores de todas clases, ahorran dinero a fin de comprar un número de El Comercio, y los que son demasiado pobres para comprar un ejemplar lo piden prestado a otros. Los que no saben leer escuchan, comentan y discuten con el resto. Aun las mujeres participan (1948, p. 2). ¿Cómo aprendían a leer y escribir el pueblo llano, los negros, las mujeres y otros grupos marginales? En un artículo publicado en El Comercio (1848, p. 2), un aristócrata de Lima explicaba que un congresista le había «dado» un «cholito» de la sierra, al que él había mandado a la escuela y le había enseñado a leer y escribir en español. También los esclavos tenían acceso, aunque limitado, a la escolarización: Muchos mulatos de Lima han tenido una buena educación por el mero hecho de acompañar a sus jóvenes amos a la escuela primaria y luego a la universidad. En los debates universitarios es común ver a los mulatos ayudar [a sus amos] proponiendo un silogismo; suele hacerse referencia a ellos como «palanganas», que es un término local para designar a los parlanchines (Stevenson, 1971, p. 170). Numerosos indígenas y plebeyos adquirieron fluidez en el español y aprendieron a leer y escribir en el ejército. Mientras estaban estacionadas en Piura, en el norte, las tropas del general Agustín Gamarra leían El Atleta de la Libertad, un tabloide publicado por la oposición: «ejemplares [de El Atleta] entre mis tropas; [el periódico] corrompía su moral, destruía su disciplina […] y los hacía desobedecer mis órdenes» (Gamarra, 1952a; 1952b ). Hacia la década de 1830 aquellos grupos tenían sus propios periódicos, incluyendo El Hijo del Montonero, que presentaba el «ingenioso verso» de Ildefonso, un satírico político cuyos sonsonetes eran «conocidos en todas las tabernas» (El Genio del Rímac, 1834f, p. 1). La versificación facilitaba a los analfabetos confiar los escritos de Ildefonso a la memoria. Las mujeres no estaban autorizadas a asistir a la escuela, de modo que aprendían a leer y escribir en sus casas y concurriendo a las audiencias judiciales. Vale la pena citar la descripción que hace Carmen Cubea: 135

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