la ciudadanía en el país, que se había complicado mucho más debido a la acusación del público contra los funcionarios gubernamentales por soborno y corrupción. La ciudadanía se mantenía firme en su antimilitarismo, pero comenzaba a ser crítica de los funcionarios civiles que utilizaban los dineros públicos para el lucro privado. Y dejaba asentada su desaprobación de la única manera que podía hacerlo, la organización de una rebelión masiva, la más grande hasta ese momento, que ganó el apoyo de grupos de la élite y del pueblo llano de todo el país. Los ciudadanos de Lima y de alrededor de una docena de ciudades provinciales se levantaron en protesta contra la corrupción pública. En la capital, los artesanos, los negros y grupos de la élite se unieron y se sublevaron, como lo habían hecho en la década de 1830 en apoyo del candidato presidencial elegido por el Congreso. Pero esta rebelión también era diferente, en opinión de Jorge Basadre: Venía de abajo, era general, incontenible, mucho más amplia y consumada que la de 1834 […], era un plebiscito contra un régimen acusado de ladrón. […] Por otra parte, la [reciente] abolición de la esclavitud y la supresión del impuesto de capitación indígena dieron un contenido social a esta guerra civil, haciendo de ella la primera de su tipo. Todo el país se estremeció, de uno a otro extremo (Basadre, 1961-1, p. 312)115. La rebelión en la capital fue masiva y espontánea, y los grupos del pueblo llano escogían sus blancos con considerable precisión. Manuel de Mendiburu, uno de esos blancos, describió así el alzamiento visto desde las ventanas de su casa: Pandillas de negros […] cruzaban las calles confundiéndose con los grupos de gente vulgar y turbulenta. Se apostrofaba con los epítetos de ladrón y consolidado a aquellos sobre quienes cargaba el odio de los vencedores. […] El populacho […] trajo consigo y rodado por el tránsito un cañón perteneciente al colegio militar… Preparábanse para hacer fuego a las puertas que se mantenían cerradas. […] Las fincas del general Echenique, de sus deudos y de diferentes funcionarios, sufrieron crueles ataques, efectuándose en algunas como en el palacio de gobierno, un completo saqueo y destrozo que algo se extendió a los ministerios, oficinas públicas y archivos. La quinta del exvicepresidente […] quedó totalmente vacía (citado en A. Quiroz, 1987, pp. 134-135). Los ciudadanos atacaban a los funcionarios gubernamentales y la élite económica por haber robado dineros públicos, mientras los calificaban de «ladrones» y «consolidados», una indicación de que sabían por qué se rebelaban; no se trataba de «rebeldes primitivos», para emplear la 129
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx