El gobierno también indemnizó a la élite por las pérdidas en que habían incurrido durante las guerras de la independencia y las guerras civiles del pasado reciente. El señor Fernando Casós, un influyente publicista, se opuso vigorosamente a ambos tipos de indemnización, pero muy en especial al primero: ¿No era un deber la asociación general de los peruanos para adquirir la propia independencia? […] Todos estuvimos en un tiempo obligados a contribuir en común […] [y] cada individuo contribuyó por su parte con los elementos de que disponía; el rico puso su contingente de fortuna, porque no quiso exponer su persona; el pobre que no disponía de nada puso su más precioso elemento […], su sangre (Casós, 1854, pp. 26-27; Quiroz, 1987, p. 49). El gobierno ignoró este argumento y repartió aproximadamente veinticuatro millones de pesos entre casi dos mil novecientos ciudadanos; la mayoría de esos fondos fueron a los mismos comerciantes y propietarios de Lima que se habían beneficiado con anterioridad. A juicio de Alfonso Quiroz, el principal estudioso del tema, el proceso por medio del cual se hacían los reclamos y se transferían los fondos era tan corrupto como en el pasado: Los funcionarios de gobierno y sus socios comerciantes obtenían grandes sumas mediante la falsificación, la ilegítima admisión de reclamos y otros medios ilegales, y vendían con rapidez sus bonos espurios para evitar la persecución de la justicia. […] Por debajo de la superficie, la corrupción de la Consolidación fue una expresión de la lucha política entre los opositores partidarios de los militares [y el régimen civil] (Quiroz, 1993a, p. 25). Estas políticas fortalecieron la muy extendida opinión entre los ciudadanos de que las instituciones públicas eran el patrimonio de la élite y no la encarnación de la nación. El gobierno central y el Estado habían alcanzado cierta estabilidad, a pesar de que los ciudadanos todavía se negaban a ver en sus instituciones la soberanía del pueblo, ya que las consideraban corruptas e indignas de ese honor. Un panfleto influyente, escrito por un tal Timoleón, explicaba: El Gobierno dejó de ser a los ojos de la Nación el administrador justo y fiel de los caudales nacionales, y pasó a ser el jefe de una camarilla de hombres privilegiados cuyas aspiraciones saciaba a costa de la hacienda, del crédito público y de la marcha constitucional del país (Timoleón, 1855, p. 15). El plan de la Consolidación, tal como llegó a conocérselo, fue parte de una lucha simbólica y moral en torno del significado de la nacionalidad y 128
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