La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

sorprendente que parezca, terratenientes, bastiones tradicionales del autoritarismo en la región, expulsaron de sus puestos a funcionarios gamarristas (Walker, 1992, pp. 201-203). Los ánimos estaban «muy caldeados» en la mitad meridional del país, donde «grupos de todos los sectores de la sociedad» criticaban y atacaban a los funcionarios oficiales y repartían panfletos y volantes entre los milicianos de cada región, para invitarlos a unirse a la rebelión (El Genio del Rímac, 1834g). A falta de un partido político organizado, unificado y jerárquico, estas rebeliones quedaron confinadas en sus lugares de origen, sin conexión entre sí. Lazos cívicos preexistentes y formas democráticas de vida entre los residentes de esas ciudades, aldeas y caseríos eran su combustible. El gobierno civilista del presidente Orbegoso triunfó gracias a estos movimientos encabezados por civiles, que siguieron siendo su principal base de sustentación durante su breve presidencia. Poco después de llegar al poder, Orbegoso y miembros de su gobierno organizaron un «peregrinaje político» a través del sur del Perú, el primero en su tipo. El viaje de Lima a Cusco se extendió durante varios meses: el presidente se detenía en el camino para reunirse con sus partidarios y aprovechar la oportunidad para construir una red nacional de apoyo al civilismo. Donde llegara, la comitiva presidencial era recibida por grupos de bailarines indios vestidos con el traje regional que la escoltaban hasta la plaza central, donde los lugareños, en su mayoría mestizos e indígenas, estaban reunidos y listos para tomar parte en un banquete público. Entre discursos y brindis patrióticos, los habitantes del lugar y los funcionarios oficiales analizaban la posible asistencia que podía brindarles el gobierno central. Era la primera vez que los residentes tenían un contacto directo con funcionarios gubernamentales (Blanco, 1974, pp. 70-218). Al mezclarse, ciudadanos y funcionarios disipaban algunas de las diferencias sociales, institucionales y regionales que separaban y dividían a gobernantes y gobernados, y contribuían así a la «criollización» de la democracia cívica, transformaban las sensibilidades de ambos grupos y los hacían receptivos a sus necesidades recíprocas. Las rebeliones populares, las celebraciones públicas y los peregrinajes políticos fueron los vehículos primordiales al alcance de los liberales cívicos en la época, pero como ninguno de los grupos integrantes de la coalición era capaz de forjar lazos duraderos, las prácticas democráticas siguieron siendo débiles, dispersas y limitadas a unos pocos enclaves aislados en un mar de autoritarismo. En 1834, cuando el ejército depuso al presidente Orbegoso, este invitó al gobierno boliviano 121

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