La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

[…] era comprensible que la capital de lo que había sido el Virreinato del Perú fuera Lima; pero hoy el Perú es un Estado soberano […] y [por eso] la capital de la nación debe estar en una de las provincias» (citado en Walker, 1992, p. 190). Según los neoincas, Cusco era el centro simbólico y geográfico de la nacionalidad peruana; Lima, en contraste, no era otra cosa que un artefacto colonial difundido por advenedizos criollos blancos desde la costa (Echenique, 1952, p. 73). El gobierno del general Gamarra hizo cuantiosas inversiones en la región y transformó Cusco en un «Tawantinsuyo industrial»104. Como tantas otras «tradiciones inventadas», las élites proincaicas de Cusco invocaban el pasado mítico sin dejar de tener sus raíces en el presente. El ejército peruano estaba demasiado corroído por las facciones políticas, demasiado segregado en términos raciales, y tenía demasiadas deficiencias en materia de disciplina organizativa para inculcar a los reclutas algún hábito cívico o alguna sensibilidad democrática. Si algo puede decirse es que contribuyó a la erosión de cualquier huella, por borrosa que fuera, de igualdad social y libertad política en el país. Las milicias cívicas, en contraste, ayudaron a impartir a los ciudadanos lecciones de nacionalidad y democracia cívica, y tuvieron un papel central en la vuelta del ejército a los cuarteles, la desmilitarización de la sociedad política y la preparación de los civiles para el ejercicio de la política. En julio de 1845, luego de casi quince años de régimen autoritario, la ciudadanía de Lima, con la ayuda de varias unidades milicianas de ciudades cercanas, defendió con éxito la capital contra un ataque del ejército del general Echenique. Esa defensa marcó la declinación del militarismo y el ascenso del régimen civil. Cuando los limeños se enteraron de que Echenique estaba en marcha hacia la capital, más de dos mil quinientos ciudadanos se congregaron en la plaza central y debatieron públicamente si iban a rendir o no la ciudad. Decidieron defenderla y acordaron organizarse en milicias cívicas; en cada barrio habría residentes responsables de protegerlo. Según un contemporáneo, el comandante de la milicia, Domingo Elías, recorrió los distintos barrios y se detuvo en cada uno de ellos: «sabía cómo arengar al populacho de Lima, y este le prometió no rendirse […]; [pasaron el resto del día] levantando barricadas, cavando trincheras y exaltando el espíritu combatiente de todos» (Witt, 1992, p. 246). 116

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