Los estudiosos han pasado por alto el examen de la conexión subterránea entre la fragmentación étnica en la vida pública y sus repercusiones sobre el faccionalismo militar en el Perú de principios del siglo XIX, aunque los contemporáneos solían notar los vínculos entre ellas. En este aspecto son ilustrativas las observaciones del cónsul francés: [Desde la independencia], la rivalidad racial se ha propagado y no hay miras de que llegue pronto a su fin. La mayoría de las guerras civiles que estallaron en este país durante los últimos años no tienen otro origen que la invencible antipatía que las razas blanca, india y negra sienten unas por otras, un problema que en el Perú se ha agravado […] a causa de las proclamaciones de igualdad social (Sartiges & Botmiliau, 1947, p. 123)102. La raza y la etnicidad tenían un papel crucial en las alianzas sociomilitares y políticas que se concertaban entre caudillos regionales. Las tropas de piel clara de Lima y Arequipa estrecharon filas cuando se vieron bajo la amenaza del ejército indígena conducido por el general Agustín Gamarra en Cusco, que procuraba transformar el Perú en un Estado nación neoinca (Gootenberg, 1991a, p. 294)103. El general Valdivia, de Arequipa, expresó su oposición a ese plan en el transcurso de una conversación con otro oficial militar: el proyecto de Gamarra era «volver a trazar las fronteras del Perú [y hacer que fueran] […] las mismas del antiguo imperio» (Valdivia, 1874, p. 40). Los grupos autoritarios intentaban transformar el sur del Perú en el epicentro de esa visión de la nacionalidad centrada en los incas, según sostenía uno de sus enemigos jurados, el general José Rufino Echenique: «la idea de federación fue muy bien recibida por el pueblo del sur, sobre todo en Cusco […], donde deseaban tener su propio gobierno […] y poder volver a su anterior situación de grandeza» (Echenique, 1952, p. 73). Los publicistas proincaicos despojaron al proyecto del Tawantinsuyo de su bagaje milenario para convencer a las élites regionales de todo el país de que la única manera de crear en el Perú una nación imaginada era infundir en los ciudadanos la necesidad de respetar la jerarquía social, promover la autarquía económica y mostrar una inmutable lealtad al Estado autoritario. La élite regional de Cusco expuso una visión alternativa de la nacionalidad y la ciudadanía, que era en todos los aspectos tan «moderna» como la concepción limeña con eje en los criollos. La élite andina puso en marcha su campaña demandando que la capital del país se trasladara a Cusco, y utilizó su diario como herramienta: «En los días de la colonia 115
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx