El ejército peruano está compuesto casi exclusivamente de indios y negros o zambos. Los indios conforman la infantería y, por estar habituados al interior montañoso [se los envía allí]. […] Los negros quedan confinados en las llanuras costeras, y están habituados a cabalgar. […] De allí esa singular distribución (Squier, 1877, p. 46; Fuentes, 1867, p. 177). La composición racial y étnica de cada unidad del ejército reflejaba la de cada provincia, y reproducía así la misma fragmentación social existente en la vida pública. Además, a indios y negros se les asignaban diferentes obligaciones: los primeros se desempeñaban en la infantería y los segundos en la caballería, lo cual profundizaba la división entre ambos grupos, aunque con una inversión del estatus entre ellos; en efecto, los negros tenían un rango superior a los indios, lo contrario de lo que solía suceder en la vida civil (Flores Galindo, 1984, pp. 111-118)101. Los indígenas, en todo caso, muy pocas veces sabían por qué combatían, y por esa razón desertaban a menudo (Prince, 1890, pp. 17-20). En 1835, durante la batalla de Ingavi (Cusco), gracias a la cual el ejército boliviano pudo invadir el Perú y ocuparlo a lo largo de casi un decenio, más de ocho mil soldados abandonaron el campo, aunque sus comandantes les habían suministrado miles de bolsas de hojas de coca, una forma de don ritual entre los indígenas de la región (Walker, 1992, pp. 288-293). Las relaciones de autoridad entre los comandantes y entre ellos y sus soldados eran arbitrarias y laxas, muy poco propicias para inculcar a los conscriptos hábitos ordenados, metódicos y «racionalizados», virtudes asociadas a la vida militar y necesarias para ejercer la ciudadanía democrática. Los comandantes regionales solían ser desleales entre sí y con frecuencia cambiaban su obediencia en plena marcha hacia la batalla, con lo cual exponían a sus propios oficiales y soldados a mayores riesgos e impulsaban a muchos de ellos a comportarse de manera igualmente oportunista. Por otra parte, cada unidad tenía su propio grupo de «rabonas», mujeres encargadas de cocinar, remendar uniformes y cuidar a los hombres. Su presencia también socavaba los lazos cívicos en la vida pública y las relaciones de autoridad de cada batallón. Tras la batalla, estas rabonas saqueaban y abusaban de la población civil, se hacían del máximo botín posible y se lo repartían. Eran pocos los comandantes que se atrevían a expulsarlas de sus campamentos, pues sabían que en el pasado esa medida había provocado deserciones masivas y disturbios entre los hombres (Tristán, 1946, pp. 279-280). 114
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx