el corte forzado del pelo era una forma de degradación ritualizada, destinada a humillar y avergonzar públicamente a la persona. Los indígenas veían el servicio militar como una forma de esclavitud y servidumbre, similar a la que solían sufrir cuando trabajaban para la élite terrateniente en sus fincas, y no la consideraban como una experiencia que les infundiera el sentimiento de una ciudadanía patriótica. En el campo, para escapar a la conscripción, los residentes buscaban patrones poderosos e influyentes y se ponían bajo su dependencia social; en 1841, tras una recorrida por el campo, el cónsul británico John McGregor señaló: En cada pueblo de los valles de la montaña, los blancos y mestizos tienen «padrinos» o protectores de su propia casta, ocupando algún cargo como capitán de los voluntarios, gobernador o alcalde […], pero el peruano o inca nativo, quien cultiva un pedazo de tierra y trajaba silenciosamente para mantener a su familia, está expuesto y sufre constantes abusos. […] [Estos] nativos […] son arrancados de sus hogares o arrastrados de las cuevas [donde se esconden] (1975, p. 150). A cambio de protección, los mestizos pagaban a sus patrones con trabajo y lealtad personal, haciendo la sociabilidad rural aún más clientelista. Por otra parte, como estas redes estaban con frecuencia divididas étnicamente, contribuían a una mayor fragmentación de la vida pública. Durante su viaje por el altiplano andino, Monsieur Sartiges, el cónsul francés, visitó Lampa y fue testigo de que el coronel Miguel San Román y sus tropas, de camino a la batalla y de vuelta de ella, obligaban a los ciudadanos a entregarles sus casas, su ganado y su grano «en nombre de la patria» (Sartiges & Botmiliau, 1947, pp. 53 y 55). Los ciudadanos veían a los soldados como mercenarios y no como la encarnación de la «nación en armas». Una vez liberados del servicio militar, los soldados volvían a la vida civil con mutilaciones en el cuerpo, marcado y permanentemente deformado por los brutales tratos que habían sufrido en el ejército, como consecuencia de lo cual muchos de ellos mostraban extrema violencia en sus relaciones personales con otros ciudadanos. La mayoría de los conscriptos forzados provenía de lo más bajo de la escala social, el grupo más dividido de todos en términos raciales y étnicos, pero, contra lo que suponen los estudiosos, rara vez se mezclaban. En las fuerzas armadas, los negros y los indios prestaban servicio en diferentes provincias y eran responsables de distintas funciones. En palabras de un observador contemporáneo: 113
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