compilados a toda prisa, son una expresión de la crisis en la misma medida que los horrorosos informes de abusos contra los derechos humanos que en los últimos veinte años publicaron las diversas «Comisiones de verdad» constituidas en el continente. La tradición democrática del Perú y de otros países de América Latina está sumida en la confusión como nunca antes. Invitamos a los escépticos a comparar nuestra concepción «tenue» de la vida democrática con la concepción «densa» que prevaleció entre los peruanos decimonónicos, tema de mi libro. También los invitamos a comparar las obras recientes publicadas sobre las «transiciones» y la «consolidación» con las aparecidas en el período de posguerra tras la desnazificación y estalinización de Europa Occidental y Oriental. Al proponer un tratamiento tocquevilliano de la «primera» ola democrática del Perú, mi objetivo es alentar a los estudiosos que se ocupan de la reciente «tercera» ola a replantear su concepción de esta, basada en las nociones schumpeterianas de gobernanza estatal, pactos entre élites y elecciones de baja intensidad. Pero al estudiar el siglo XIX, he resistido la tentación de convertir el pasado en una dependencia del presente. Tampoco he procurado sacar a la luz ninguna «ley científica» presuntamente capaz de explicar la vida democrática en toda la región. Las situaciones sociopolíticas cambian, y como los ciudadanos idean nuevas maneras de actuar y pensar, no es sensato utilizar el pasado como lo hacen la mayoría de los politólogos y científicos: una suerte de «laboratorio» para someter a prueba tal o cual de sus hipótesis. El estudio del pasado no tiene ningún valor «de cambio». Y su único valor «de uso» ha de encontrarse en su capacidad de ensanchar nuestra imaginación política y moral más allá del aquí y el ahora. Desde hace ya más de cien años, los académicos e intelectuales públicos han atribuido al «legado colonial» los recurrentes brotes de autoritarismo en el Perú durante los siglos XIX y XX. Hay que admitir que la mayoría de los peruanos que aparecen en este estudio nacieron y se criaron en medios antidemocráticos en su casa, su escuela, su parroquia y su lugar de trabajo. Pero hacia fines del siglo XIX, si no antes, muchos de ellos ya actuaban y hablaban como ciudadanos democráticos de una república soberana. En la década de 1840, por ejemplo, los miembros de las sociedades peruanas de socorros mutuos practicaban el autogobierno (democracia) por primera vez en su vida al participar en reuniones, elegir por votación a sus directivos, obligar a estos a rendir cuentas a los demás integrantes del grupo, deliberar acerca de inquietudes comunes, pagar puntualmente sus cuotas societarias 10
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