Costumbre muy singular de Huancayo, es la feria, que tiene lugar todos los domingos en la plaza y en la calle principal, feria a la que concurren casi todos los habitantes de los pueblos inmediatos, viniendo algunos hasta de la montaña. En estos días, Huancayo ofrece una actividad y animación sorprendentes: la congestión de personas es tal, que sin exageración puede decirse que la población se triplica (1929, p. 10). En estas ferias, las relaciones sociales entre residentes del campo y de la ciudad eran efímeras y de naturaleza local, pero también recurrentes, y contribuían a superar un tanto las barreras raciales y étnicas en la región, así como a desarrollar una identidad regional característica96. Las ferias anuales eran de especial importancia en el sur andino, la zona de Cusco y Puno, el corazón cultural y social de los pueblos indígenas del Perú; la feria de Vilque, cerca del lago Titicaca, era tal vez la más importante de todas. En la década de 1840, el vicecónsul de Francia concurrió a ella y dejó este relato: vienen de todas las comunidades cercanas, así como de las de Arequipa, Moquegua y Cusco, y también de Bolivia y la Argentina, en especial del Tucumán. Durante quince días, la población de Vilque, que es de apenas unos centenares de habitantes, crece hasta alcanzar entre diez y doce mil personas (Sartiges & Botmiliau, 1947, p. 204). Asistían a la feria artesanos, pastores, agricultores y comerciantes del sur del Perú, el norte de la Argentina y el sudoeste de Bolivia, que hablaban quechua, aimara, español o una combinación de los tres idiomas. La feria de Guadalupe, otro acontecimiento anual, atraía a más de veinte mil personas; en ella los compradores y vendedores hacían transacciones por no menos de un millón de pesos en mercaderías y la mayoría de los intercambios se producían sin la utilización de papel moneda (Burga, 1976, p. 200). Mientras se intercambiaban bienes y se otorgaban crédito unos a otros, compradores y vendedores forjaban lazos cívicos que también servían para reafirmar su adhesión a las formas locales de vida, sin relación con las que procedían de la costa, identificadas por ellos con las prácticas predatorias de los grupos criollos de piel clara. Los relatos contemporáneos y secundarios coinciden en que las relaciones sociales en las ferias regionales eran parcialmente cívicas, aunque también servían para reafirmar identidades regionales y subnacionales y contribuían a una mayor fragmentación de la vida pública (Sartiges & Botmiliau, 1947, pp. 205-206; Flores Galindo, 1977, p. 74; Basadre, 1961-2, p. 585; Manrique, 1981, pp. 19-22). 106
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