La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

conocían muy poco (Knight, 1971). En palabras del señor Belford Hinton Wilson, otro cónsul británico en el Perú, el exceso de oferta generaba la necesidad de confiar en los peruanos sin la debida cautela, y se insistía a tal punto en este sistema que apenas se exigía otro requisito que el de ser nativo del interior […]. [Como consecuencia,] los bienes así imprudentemente vendidos sobre la base de la confianza jamás eran pagados, y no redundaban en utilidades para Inglaterra (citado en Gootenberg, 1985, p. 180). Los establecimientos británicos en el Perú, que conformaban el contingente más grande de inversores extranjeros, perdieron en un solo año no menos de cinco millones de dólares. En vez de invertir en mercados legalmente regulados y con mucha competencia de su propio país, estos comerciantes invertían en Perú porque querían hacer enormes ganancias en poco tiempo, sin tener que competir con otros empresarios y acatar las leyes del lugar. Si bien los mercados peruanos eran relativamente abiertos, también eran en extremo riesgosos. Los miembros del Tribunal del Consulado, que eran tan corruptos como los comerciantes extranjeros, tenían su propia manera de negociar con estos. Charles Milner Ricketts, del Consulado británico, describió del siguiente modo las relaciones entre los minoristas peruanos y los comerciantes del exterior: A los minoristas se los provee de antemano de una cantidad de existencias, cuyo precio se fija en proporción al riesgo incurrido [en su distribución y venta], y a cambio pagan solo una pequeña fracción de su valor, mientras que el resto se carga en la cuenta. Con frecuencia, el minorista vende a pérdida la primera entrega de bienes, y con el dinero obtenido compra más mercaderías, pero a otra casa extranjera, que le hace una oferta más beneficiosa y en mejores condiciones. […] Cuando se ven forzados a pagar, lo que hacen en general es «pedir prestado a Pedro para pagarle a Pablo», o bien se limitan a declarar […] que no pueden cumplir con sus obligaciones financieras y que además no hay ley alguna que los obligue a hacerlo. […] La precaución lógica consiste en no ofrecer un segundo crédito a quien no haya cancelado su deuda la primera vez […], pero en el Perú […] hay tal ineptitud para respetar los compromisos […], negociar unos con otros de buena fe, que la prudencia nunca prevalece (citado en Bonilla (ed.), 1975, p. 32). Los establecimientos comerciales extranjeros pagaban cara su codicia, pero también aprendieron a leer esas señales e idear sus propias prácticas predatorias. 102

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