Argumaniz Muñoz, un leal miembro del Consulado y socio comercial de los señores Zaracondegui y Pedro Gonzales Candamo, dos de los comerciantes más influyentes de Lima, describió en detalle la manera como sus más cercanos asociados realizaban negocios entre sí: Don Pedro Gonzales Candamo tenía en el comercio de Lima una conocida táctica para obtener todas las ganancias y garantías posibles sin [invertir] mano de obra o responsabilidad en negocios de capital. […] Don Julián Zaracondegui […] quería un control absoluto y no tenía escrúpulos en el manejo de los asuntos relacionados con su empresa. […] [Por eso] el señor Candamo solía llevar un revólver cuando hacía sus contadas visitas a la oficina de Zaracondegui, y este, a su vez, tenía siempre a mano el suyo; tal era el grado de comprensión y armonía en que vivían mis socios […], dos de las personas más importantes en el mundo del comercio limeño (citado en Quiroz, 1993, p. 28)93. En condiciones de desconfianza social, los empresarios peruanos juzgaban razonable adoptar prácticas predatorias. Los comerciantes extranjeros también tenían un papel importante en la difusión de esas prácticas predatorias en el terreno económico. Entre mediados de la década de 1820 y fines de la década de 1840 las casas comerciales extranjeras de Lima, en su mayor parte británicas pero también francesas y estadounidenses, ingresaron millones de dólares anuales al país en mercaderías y crédito, principalmente a través del puerto del Callao y Lima, para enviarlos luego al interior. Carcomidos por el bicho de la codicia y la especulación, los comerciantes extranjeros se inclinaban a hacer una rápida ganancia: no se ajustaban al tipo de los empresarios sobrios, metódicos y austeros que habían contribuido al ascenso del capitalismo en Occidente y que Max Weber ha estudiado. En palabras del cónsul británico, los inversores de esa nacionalidad en el Perú padecían un excesivo «afán de especulación […] las exageradas descripciones de la riqueza [que puede hacerse en este país] […] los han llevado a importar más de lo que el público necesita y es capaz de pagar» (citado en Bonilla (ed.), 1975, p. 23). El espíritu del capitalismo predatorio, no la ética protestante, era lo que motivaba y excitaba a los inversores extranjeros. Hipnotizados por relatos fantasiosos e imaginarios sobre fabulosas riquezas, estos comerciantes eran impulsivos, precipitados y propensos a cometer toda clase de excesos. Unas expectativas basadas en construcciones simbólicas, y no esquemas de oferta y demanda, los llevaban a hacer negocios en un país del que 101
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