La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

predatorias, que configuraban el terreno económico en algunos de sus aspectos básicos. Quienes no eran miembros de la entidad, es decir la mayor parte de los comerciantes situados en cualquier punto del tronco de la pirámide, controlaban estrechamente sus tratos comerciales con los miembros, dado que esa era una de las escasas posibilidades de obtener información y comprender el «clima de negocios» rápidamente cambiante en el sector económico y la región geográfica en que operaban. En ausencia de un sistema bancario y a causa de la extrema escasez de capital líquido (moneda), una abrumadora mayoría de las transacciones comerciales se basaba en el crédito y se realizaba por medio de letras de cambio, respaldadas por la confianza personal y no mucho más (Quiroz, 1992; 1993; Gootenberg, 1989)92. Compradores y vendedores intercambiaban los bienes con la promesa de que se pagarían en una fecha posterior; esto era posible gracias al crédito, la promesa de reembolso. La confianza social permitía a unos y otros reducir los niveles extremadamente altos de incertidumbre que existían durante los meses y a veces años que transcurrían entre el momento del intercambio y la ocasión en que la deuda era por fin cancelada (Granovetter, 1994). En ese contexto, proveedores, vendedores y compradores se veían en la necesidad de analizar con cuidado las prácticas de «señalización» que se ponían en juego entre ellos a lo largo de las redes, ya que esa era la única manera de elaborar estrategias adecuadas y eficaces para maniobrar en el terreno económico, un terreno profundamente marcado por décadas de crisis e incertidumbre (Spence, 1974). El Tribunal del Consulado había «donado» millones de pesos al Estado colonial y, luego de la independencia, al Estado poscolonial para financiar su esfuerzo bélico; y como consecuencia de las guerras civiles que asolaron al país entre las décadas de 1830 y 1850 la entidad perdió varios millones más. El Consulado y sus miembros perdieron toda la confianza social que podían depositar en su gobierno y en sus propios pares. Si las instituciones se negaban a cancelar sus obligaciones financieras, ¿cómo podía esperarse que los individuos pagaran sus deudas? (Quiroz, 1993a, pp. 16 y 20-30). Los miembros de la asociación difundieron en la sociedad económica los mismos hábitos predatorios que habían adquirido en sus tratos con el gobierno peruano y entre sí, y contaminaron de tal modo todas y cada una de sus transacciones comerciales. El capitalismo depredador se convirtió en un modo de vida para todos. En 1858, Manuel 100

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