La abeja republicana edición facsimilar

nuevamente en Lima, cuando la opinión se volcaba contra la constitución vitalicia. Contóse entre los pro– motores de la reunión de cabildo abierto que aprobó la derogación (26-1-1827) de aquella carta; en reiteradas oportunidades dirigióse a la ciudadanía, haciendo el elogio de Riva Agüero y solicitando la autorización de su retorno; y apresado en la fortaleza del Callao (VI a VIIl-1829), debido a esa porfiada adhesión, obtuvo su libertad debido a la benigna consideración que sus lar– gos años inspiraron al prefecto de Lima, general Juan Bautista Eléspuru. Murió el 18 de mayo de 1830. Los colaboradores Como era usual en el periodismo de aquella época, "el editor" de LA ABEJA REPUBLICANA asumía la responsabilidad por las colaboraciones insertas en sus páginas. Artículos y "discursos", remitidos o comunica– dos, y aun las colaboraciones literarias aparecían suscri– tas con seudónimos, con algunas iniciales más o menos hechizas, o simplemente anónimas. El hecho tenía una justificación profesional, en tanto que el periódico pre– tendía identificarse con el interés general de la socie– dad, y el nombre de un colaborador no dejaba de ser un asunto personal. Pero en muchos casos obedecía a una peculiar interpretación de la libertad que la ley ga– rantizaba, pues, si "el editor" era el foco hacia el cual convergían todas las reacciones provocadas por la pu– blicación, sus colaboradores quedaban al margen de todo debate, y en aptitud para mantener su acceso a las fuentes de información o para captar los comenta– rios en su verdadera intensidad. Y así se ha creado un problema al investigador que ·hoy quiere calar la signifi– cación total de la obra periodística, porque la identifi– cación de los autores puede entrañar una aventura. Sólo ha sido generalmen_te citado por su nombre uno de los autores que en LA ABEJA REPUBLICANA embozó su personalidad; y no porque ayudara a descu- XXVIII

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