La abeja republicana edición facsimilar

orientaciones determinadas por el interés político de José de la Riva Agüero: o sea, republicano, frente al vacilante protectorado de San Martín; afecto al Congre– so Constituyente, como depositario de la soberanía na– cional, mientras éste pudo decidir su exaltación perso– nal; y luego sustentador de un extremo jacobinismo frente a la defensa institucional que el Congreso asu– mió. Al mismo tiempo, la conducta de Mariano Trama– rria se sincronizaba con la versatilidad de su campaña periodística: públicamente se desprendió de la insignia de la Orden del Sol, porque le recordaba el monarquis– mo de San Martín, y la pisoteó; redactó un nuevo me– morial, atribuyéndose la representación del vecindario de Lima, para solicitar del Congreso la separación de poderes y el consiguiente retiro de la Junta Guberna– tiva integrada por tres de sus miembros; y dirigió dos cálidas misivas a Bolívar, a fin de impetrar su auxilio a la independencia del Perú. Luego fue envuelto entre los confusos vaivenes de la crisis desatada por Riva Agüe– ro. Hubo de suspender la edición de LA ABEJA REPUBLICANA, por haber sido nombrado comisario de guerra; y la habilidad que aplicara a mover la opinión pública vióse opacada en una administración absorbente. Cayó en desgracia, cuando el Congreso dio por terminado el mandato de aquel apasionado caudi– llo. Pero aún ejercitó sus artes, pues intentó excitar contra el Congreso al pueblo chalaco. Para eludir la persecución desatada entonces contra él, se refugió en los castillos y embarcóse rumbo al norte. Pronto reapa– reció en Lima, como agente de la propaganda rivagüe– rista, y aun se comprometió en una confabulación cri– minal contra los diputados que habían solicitado el en– juiciamiento del mandatario depuesto. Ante peligrosi– dad tan notoria dispuso el gobierno la prisión del impe– nitente agitador, y su destierro. Quedó en Guayaquil, cuando Bolívar preparaba su traslado al Perú. Y después de un largo eclipse apareció XXVII

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