La abeja republicana edición facsimilar

Se lamenta el autor de que muchos empleos altos estén confiados a personajes que no protagonizaron ninguna turbulencia durante el domi– nio español, y pide que se les destierre porque no son de fiar. Pero cabe recordar que se acusaba al ministro Monteagudo por sus procedi– mientos despóticos, y entre estos se cuenta el hecho de haber reducido a 600 los diez mil españoles que hubo en Lima hasta 1820 (a juzgar por las cifras que apunta Ma– riano Felipe Paz Soldán,pues debe presumirse que la po– blación española era mucho menor). 242 da.vía que en el tiempo del dominio español: pero consuélanos la con– s~dcr.acion de que hay espíritus pri– vilegiados amantes de la humanidad y celosos de sus verdaderos intere. ses: quiera el cielo desaparezcan de entre nosotros genios tan perver– sos , para que no digamos como Ci– ceron á su amigo Attico: no hay ya tirano ,_ pero subsiste la tiranía. Amigo, todo tirano que no está en los primeros puestos e5 un ene– migo opuesto de la sociedad, y cuan– do los consigue, entonces manifies– ta tode el fondo de su negro carác– ter; y asi no puedo menos que }lo. rar tie-rnamente cuando i•ecuerdo que permanecen en L1ma en los primeros empleos muchos de aque– llos . q ne han dado pruehas de su anti patriotismo; que fueron instru– mentos serviles y detestables de los Abascales, Pezuelas y Monteagudas, conformándose con todo sistema en la aparíencia por sus siniestras mi• ras, pareciéndose al Proteo de la fábula. Estos deben desterrar;e; no co'11fiar en ellos ; pues cuando men~

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