Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

reconocer su autoridad, lideró las fuerzas constitucionalistas y pondría fin a al directorio de Vivanco en la sangrienta batalla de Carmen Alto (Orrego Penagos, 2005, p. 221). En este contexto, el viernes 7 de abril de 1848 circuló, en el número 2635 de El Comercio de Lima, un artículo intitulado lacónicamente «Carta interesante», suscrito por Juan de la Cruz Hurtado, quien fuera párroco en Arica y eclesiástico excomulgado conforme a los cánones. El pobre sacerdote había visto mermado su patrimonio al final de la campaña militar que enfrentó a las fuerzas revolucionarias o constitucionalistas de Ramón Castilla con las gobiernistas o directorales de Manuel Ignacio de Vivanco, entonces supremo director de la República. En efecto, el eclesiástico, hacia mediados de 1844, fue perjudicado por el ejército vencedor, el constitucionalista, cuando este llegó de Cuevillas tras vencer en Arequipa en la batalla de Carmen Alto. Los militares partidarios de Castilla tomaron su pequeña propiedad agrícola como campamento para la tropa y pasto para los caballos, destrozando las cosechas. Tomaron los animales de su propiedad (yeguas y dos magníficos caballos). Poco o nada le fue repuesto o indemnizado (El Comercio, 7 de abril de 1848). Cuenta, además, que José Gregorio Paz Soldán, un famoso letrado arequipeño, que sería fiscal de la Corte Suprema y ministro de Estado, estrecho colaborador de Ramón Castilla, no le restituyó ciertos bienes al arruinado clérigo. Así, le solicitaba que trate de indemnizar por daños y perjuicios, pues había padecido ya muchos abusos (De la Cruz Hurtado, 1848). El agraviado juzgó que se trataba de «una injuria atroz contra su honor» y un abuso de la libertad de imprenta. Hizo la denuncia el 8 de abril y se procedió al sorteo de jurados. El 11 de abril se reunieron los jurados y, por unanimidad, declararon que había lugar a formación de causa (El Comercio, 12 abril de 1848). Juan de la Cruz Hurtado se defendió, asegurando que él era «un eclesiástico moderado» y negó que fuera autor de las ofensas al afamado magistrado José Gregorio Paz Soldán. Tildó la acusación de «injusta y criminal». Entretanto, aparecieron adversarios del sacerdote bajo el rótulo de «El gato escrupuloso» y la firma de «Unos compadecidos». Recordaban que no podía recibir Hurtado ningún beneficio eclesiástico, puesto que había sido excomulgado conforme a los cánones por haberse confesado él mismo ante el público como simoniaco. Lo acusaban de calumniante y le pedían que, en nombre de la virtud cristiana, suspenda sus hostilidades contra Paz 99

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