Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

En el segundo escrito, se calificaba al general Orbegoso de «inepto militar, inhábil político, judas de la Patria, que cambió la libertad de esta por los bordados que disfruta y las haciendas de Chotil y Motil que hoy posee en la provincia de Huamachuco» (Miscelánea, 30 de mayo de 1833). Por todas estas razones, el autor del libelo consideraba que el general Luis José de Orbegoso no podía desempeñar el alto encargo de gobernar el país. Aun así, Orbegoso lograría ser presidente provisorio del Perú (18331836) y, en alianza con el general Andrés de Santa Cruz, presidente del Estado Nor Peruano (1837-1838). Los dos artículos fueron denunciados por Thomas Hernández, a nombre del dignatario: «por ser ambos impresos unos libelos infamatorios, donde se le deshonra y representa como traidor, conspirador, judas de la patria y contrabandista» (AGN, Corte Superior de Justicia, expedientes judiciales, legajo 716, 1849-1853)23. Presentada la denuncia, el 12 de julio de 1833 se convocó al jury (se empleó exactamente esta denominación latina). Se procedió luego al sorteo de los señores jurados, en el que fueron elegidos Pedro Cornejo, Manuel Ladrón de Guevara, José María de la Rosa, Ramón del Risco, Juan Agustín Filli y Tiburcio Roldan (AGN, Corte Superior de Justicia, expedientes judiciales, legajo 716, 1849-1853). Los seis jurados declararon ha lugar la formación de causa el 14 de junio de 1833 (AGN, Corte Superior de Justicia, expedientes judiciales, legajo 716, 1849-1853)24. 3. EL JURADO EN GUAYAQUIL. SANTA CRUZ Y EL IMPOSTOR Hacia 1839, en Guayaquil, bajo el simple rótulo de «Al público», apareció publicado un pequeño folleto firmado por Pastor La Riva, un cercano colaborador del general Andrés de Santa Cruz, residente en esa ciudad ecuatoriana tras la debacle de la Confederación Peruano-Boliviana, a quien presenta como «un conjurado y ambicioso de poder» (La Riva, 1839b) al que «debía de obedecerle como a mi jefe, respetarle como a mi mayor, y defenderle como a mi inmediato deudo» (La Riva, 1839a). Se acusaba al general altoperuano, en verdad de modo muy general, de «frenética ambición» y hasta, simbólicamente, de albergar «proyectos parricidas» y de retener bienes (Serrano del Pozo, 2016, pp. 187-188)25. El supuesto La Riva agregaba luego: «Yo lo perdono. Más, sí quisiera que él se enmendase, o que los pueblos de América le conociesen. Quisiera verle exento de pasiones vergonzosas, lejos de aspiraciones anárquicas, libre del 92

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