Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

las municipalidades bajo la garantía de no oponerse a sus ideas, entrar en transacciones con el Gobierno y accediendo a ellas dejar acá establecido un nuevo gobierno; prohibir bajo pena de la vida que nadie saliese de esta ciudad, echarse sobre los caudales públicos, registrar el de los particulares, arrojar a la plaza tres mil pesos entonando el himno de viva la patria vieja, asegurar varias personas que pudieran contrastar sus designios, poner en libertad los presos de la cárcel para armarlos, convocar a los Talavera, prisioneros y confinados con promesas ventajosas, recompensar superabundantemente el comprometimiento de los que entraban a la coalición, formar y levantar una fuerza de dos mil hombres para penetrar los Andes, unirse con el cacique Venancio de los araucanos, proponer negociaciones al Excmo. Sr. capitán general D. José de San Martín, o hacerle la guerra, para privarlo de su investidura, como igualmente al Excmo. supremo director del Estado de Chile. Este es un compendio historiado de la tragedia que se habían propuesto los Carrera, tomando por salvaguardia la libertad de su país oprimido por un partido detestable, que se halla sostenido por las armas de Buenos Aires (Rodríguez, 1833, p. 92). Busca O’Higgins el testimonio de un observador imparcial, el argentino Martín Rodríguez, capitán general de la provincia de Buenos Aires, «magistrado distinguido, cuya excelente administración compone una de las páginas más brillantes de la historia de aquel país» (Rodríguez, 1833, p. 94): Acaban de llegar a este punto el cura del salto D. Manual Cabral, D. Blas Represa, D. Andrés Macaruzi, D. Diego Barrulí, D. Pedro Canoso y otros varios, que es imponderable cuanto han presenciado en la escena horrorosa de la entrada de los indios al Salto, cuyo caudillo es D. José Miguel Carrera, y varios oficiales chilenos con alguna gente, con los cuales han hablado todos estos vecinos, que en la torre se han separado. Han llevado como trescientas almas de mujeres, criaturas, sacándolos de la iglesia, robando todos los vasos sagrados, sin respetar el copón con las formas consagradas, ni dejarles como pitar un cigarro en todo el pueblo, incendiando muchas casas y luego se retiraron tomado el camino de la guardia de Rojas; pero ya se dice que anoche han vuelto a entrar en salto. Es cuanto tengo que informar a U. S, previniéndole que dicen, que es tanta la hacienda que llevan, que todos ellos no son capaces de arrearla. Dios guarde a U. S. muchos años. Guardia de Lujan, 2 de diciembre de 1820 /Manuel Correa/señor inspector brigadier general D. José Rondeau (Rodríguez, 1833, p. 95). Otra de las acusaciones contra O’Higgins por parte de Carlos Rodríguez en el libelo denunciado consistía en el secuestro y apropiación de los bienes de los emigrados realistas. El libertador de Chile se defiende y alega que esas decisiones estaban en manos de una comisión integrada por 90

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