Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

El folleto de defensa del mariscal O’Higgins se explaya en consideraciones históricas en las que encomia su papel, a lo largo de la ambivalente campaña libertadora, como artífice de la independencia chilena y los conflictos internos con otros caudillos, entre los que se encontraba Manuel Rodríguez y José Miguel de la Carrera y Verdugo, a quien presenta constantemente como traidor a la causa de la Independencia (Rodríguez, 1833, p. 13). Asoman también argumentos risibles y frágiles. Por ejemplo, cuando el abogado asegura que O’Higgins no podía ser el asesino de Manuel Rodríguez porque se encontraba postrado por una grave dolencia, no obstante que se le imputa ser el autor intelectual (y no material) de ese crimen, como el de otro personaje llamado Venancio Benavides, también ejecutado: Durante la causa y ejecución de Benavides, y al tiempo de la muerte de Manuel Rodríguez, O’Higgins estaba postrado de una enfermedad que lo aproximaba cada día al sepulcro. Sin embargo, el libelista tiene el descarado impudor de asegurarnos que él personalmente encargó al teniente Ruiz que presto de conducir con cuatro soldados, a Mendoza y a los dos hermanos Benavides, prisioneros del Ejercito Real, los llevase a la noche al llano de Maypú, donde debía abrir en pliego cerrado, y cumplir la orden que en él se contenía. Esta era reducida a que bajo pena de la vida hiciese fusilar a aquellos infelices, sin permitirles hablar con nadie. Para concluir de una vez, añadiré que jamás conoció O’Higgins, ni vio en su vida a los Benavides, como ni tampoco al teniente Navarro, según declaró él mismo solemnemente en el juicio seguido sobre la muerte de Rodríguez (Rodríguez, 1833, p. 110). En un pasaje crucial, reconoce O’Higgins, sin embargo, que sí ordenó la detención de Manuel Rodríguez, mas no que fuera ejecutado por orden suya: El general Balcarce, que mandaba el ejército de los Andes, le avisó una mañana que sintió bullicio en la plaza donde se habían reunido algunos alborotadores pertenecientes a la cuadrilla de Rodríguez. O’Higgins, que siempre miró esta gente con el más alto desprecio, respondió al general Balcarce que no tuviese inquietud alguna, y que se contentase con mandar que la tropa permaneciese en los cuarteles. Pero más tarde, oyendo ruido en el mismo patio de Palacio, y noticioso de que en él se había introducido Rodríguez, ordenó que se le arrestase inmediatamente. Ya estaba en efecto colmada la medida del sufrimiento, ya había demasiadas pruebas de la incorregibilidad de Rodríguez, ya que no era posible substraerlo a la acción de la justicia, sin faltar a los deberes que la sociedad impone a aquellas en cuyas manos estaban sus destinos (Rodríguez, 1833, p. 83). 87

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