aspectos vinculados con el homicidio de Manuel Rodríguez Erdoiza. Entre las frases difamatorias de Carlos Rodríguez, se hallaba una que aseguraba que O’Higgins como director de Chile ordenó a Las Heras que asesinase a un señor de apellido Vigil y que el general de las Provincias Unidas del Rio de la Plata se habría negado, alegando que los argentinos no serían asesinos de chilenos (Rodríguez, 1833, p. VII ). El abogado Ascencio consideraba necesario poseer, según su oratoria clásica, «los talentos de Demóstenes, la elocuencia de Cicerón y la facundia de Canning», pero su cliente solo exigía «la simple exposición de las pruebas documentales que oportunamente existen para pulverizar el villano ataque con que se le ha ofendido». A su juicio, tanto los escritores más célebres, así como las naciones cultas que han consolidado una legislación sabia en materia de libertad de imprenta, requieren cuatro circunstancias indispensables para caracterizar el libelo infamatorio (Rodríguez, 1833, p. 1). Lo que el libelo calumnioso quiere, según Ascencio (adviértase la apelación al sentimiento nacional del alegato), es deslucir el decreto del Congreso peruano, supuesto que no solo en el Perú ha osado Rodríguez derramar el veneno de su calumnia que le concedió a don Bernardo O’Higgins el título de «Amigo de la libertad del Perú y fundador de la República de Chile, el creador del sistema representativo, el primer demócrata, el ciudadano que nos dio independencia, patria y la libertad de que hoy disfrutamos» (Rodríguez, 1833, p. 5). El hábil abogado hilvana (y no le falta razón) varias comparaciones: Vedlo en su retiro, adorado de cuantos lo tratan, modestamente ocupado en los trabajos necesarios a su conservación y a la de su familia, estimado por los peruanos como Fabio lo era en su pobreza, como Cincinato en su choza, como Washington en su retiro, como un republicano inflexible, como un patriota exaltado, como un magistrado recto (Rodríguez, 1833, p. 7). Recuerda el abogado Ascencio, también aquí con celo nacionalista, que Carlos Rodríguez Erdoiza no ataca al libertador en Chile, que se hallaba gobernado en ese momento por una facción contraria y que no lo quería: Viene a morderlo en el Perú [recalca Ascencio] donde este ilustre campeón goza de la estimación general. En el Perú, cuyo congreso lo ha reconocido fundador de la República de Chile, y el más digno y esforzado amigo de la libertad peruana. Es pues indudable que su verdadero objeto ha sido insultar a la nación, en cuyo seno, el fundador de la República americana ha encontrado una acogida digna de sus altos merecimientos (Rodríguez, 1833, p. 8). 86
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