Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

1833, p. IV). Se trataba de «un tejido de abominables calumnias», en palabras del letrado denunciante. Los jueces expidieron un fallo unánime, acusando al escrito de injurioso en segundo grado, en cuya virtud, el juez de derecho, impuso al reo Carlos Rodríguez la pena de dos meses de prisión (Rodríguez, 1833, p. IV ). Días después del pronunciamiento, Rodríguez Erdoiza pidió, en tono desafiante, que se le señale la ciudad por cárcel, alegando su mala salud de que exhibió certificado. A los dos días, frustrando los fines de la justicia y dejando comprometido al hombre honrado que le había dado su fianza, se escapó de la casa de este en que vivía y se embarcó para Chile. Dejó, pues, a su fiador Coppola en una situación complicada. La declaración dada por Coppola demuestra que la fuga de Rodríguez fue nocturna, cautelosa, ignorada por los que habitaban la misma casa y que no había dejado dinero ni efectos con qué cubrir el compromiso en que había puesto a su bienhechor. El general O’Higgins se presentó inmediatamente ante el juzgado. Alegó que no buscaba ocasionar molestia ni pena alguna al autor del libelo, sino vindicar su honor y conservarlo sin mancha; que el fallo satisfacía completamente sus deseos y que no solo le era indiferente el castigo de Rodríguez, sino que había consultado los medios de evitarle la aplicación de la pena. Lamentaba la situación de José Coppola, cuya condescendencia y sinceridad fueron abusadas. Se desistía en consecuencia de cualquier persecución contra ese «vecino industrioso» (Rodríguez, 1833, p. V). Posteriormente, el 17 de setiembre, el juez de derecho mandó citar al reo prófugo Carlos Rodríguez por edictos y pregones —esto es, avisos impresos y anuncios orales—, con las solemnidades debidas tanto en los tribunales de justicia cuanto en las esquinas de la capital. Todo esto sin suerte alguna (Rodríguez, 1833, p. VI). En el curso del proceso, el mariscal O’Higgins, domiciliado en el Perú y uno de los organizadores de la expedición libertadora, se dirigió, mediante correspondencia de 3 de agosto de 1833, al general argentino Juan de las Heras. Le participaba a su antiguo compañero de armas del libelo publicado por Carlos Rodríguez con el objeto de injuriarlo, «en la estimación de un pueblo en el que he vivido por más de diez años, y cuya buena opinión él debe saber que aprecio altamente» (Rodríguez, 1833, p. VII). En realidad, uno de los aspectos que más le mortificaba era la inclusión en el libelo del nombre de otras figuras de la Independencia, como el general Mariano Necochea y el propio Juan de las Heras, sobre 85

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