Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

militarismo han absorbido dos terceras partes de las rentas fiscales, dejando sin atender, como era debido, la instrucción, las obras públicas y el sinnúmero de necesidades cuya satisfacción demandaban clamorosamente los pueblos todos del Perú (Ilustración Obrera, 31 de agosto de 1918). Luego se ocupa el articulista del motín de Ancón, que asombró y convulsionó, tal vez con un poco de exageración, pues sus motivos eran harto comunes: «la honra misma de la nación» (Ilustración Obrera, 31 de agosto de 1918). No se sorprende que, sin una educación que forme al ciudadano, se haya alzado en armas un oficial «sin moral ni pundonor»: [C]ontra las instituciones, contra el Gobierno a quien debe obediencia y respeto y contra el país, cuyo crédito lastima y mancha, presentándonos ante el extranjero como un pueblo desorganizado y en descomposición, sin base firme como Estado soberano incapaz de las simpatías y consideración de los demás pueblos del mundo civilizado (Ilustración Obrera, 31 de agosto de 1918). Piensa el autor, por otro lado, que con el motín militar de Ancón, la moral del Ejército ha descendido considerablemente, habiendo sido humillado y avergonzado. Recuerda el gacetillero: «La nación da al soldado arma para que con ellas la custodie y para que la defienda y no para que la traicione». «Es preciso reprimir con mano fuerte estas rebeldías que nos deshonran», clama el articulista: Mientras tanto, todo el país sacudido no tanto por la magnitud de ese atentado, que es en sí insignificante, cuanto por sus consecuencias en lo presente y sus proyecciones para lo porvenir. Desde luego ha venido a introducir el desequilibrio en la marcha normal del país, a agravar su situación financiera, a desorientar la administración pública, a sembrar la desconfianza en el comercio, a mermar nuestras industrias y a acrecentar el estado de penuria del pueblo, porque desaparecidos el orden y la tranquilidad, el encarecimiento de las subsistencias, tiene que aliarse a la falta de garantías para la vida y la prosperidad, expuestas al desenfreno de la revuelta (Ilustración Obrera, 31 de agosto de 1918). En uno de los pasajes del artículo denunciado, se lee: «La nación da al soldado arma para que con ellas la custodie y para que la defienda y no para que la traicione. No tiene nombre el crimen que perpetra el hijo que hunde el puñal en el corazón de la madre que le dio la vida» (Ilustración Obrera, 31 de agosto de 1918, p. 3). Estos pasajes debieron mortificar a algunos militares, que daban por legítimos toda clase de alzamientos y motines. Es así que, ante el alcalde del Concejo Provincial de Lima, el 9 de septiembre de 1918, el jefe del gabinete militar presentó un oficio que 213

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