manía de apellidarse Cavero, para hacer creer que es decente, pero el apellido no tiene por donde venirle», articular «un tejido de mentiras y ruines calumnias de difamación [sic]» (La Abeja, 26 de marzo de 1916). En otro pasaje, insiste en una demonización de su oficio de músico: «Ya se ve un arpista. En el Cuzco y en esa ciudad ejerció tal oficio en casas de mujeres de mala vida y de rufianes, de un arpista de tal clase repetimos ¿qué se puede esperar sino insultos soeces?» (La Abeja, 26 de marzo de 1916). El teniente alcalde Eusebio Cajamarca se defiende de los cargos en las mismas páginas de La Abeja, que actúa como un campo de batalla, al que llama (no se sabe si por ironía) «acreditado semanario». Asegura el teniente gobernador, con cita de Ricardo Palma incluida, que las imputaciones de Gerardo Cavero son solo «palos de ciego» y que se explican a la envidia «por la modesta posición económica que a fuerza de honradez y laboriosidad he sabido conquistarme». Si no se ejecutó una sentencia judicial por la posesión de un «terrenito» fue únicamente porque en la diligencia el arpista se hallaba completamente embriagado. Con la compañía, aseguraba Cajamarca, «de algunos varayos concurrí a la diligencia posesoria, y si esta no se realizó fue porque él asustó al juez y dispersó, revolver en mano, a todos los asistentes» (La Abeja, 8 de abril de 1916). El debate persistió bajo el signo de los epítetos. Gerardo Cavero se defiende de una acusación insubstancial: «Me insultan también diciendo que toco arpa ¿Y qué tendría eso? Lo malo y vergonzoso es, tocar violín sin cuerda, como ustedes». Mas luego pasa despiadadamente al ataque: «Ratas o sean rateros de levita o poncho». El racismo es también, como en el caso de sus adversarios, otra de sus armas: «Los dos referidos ratas, aunque de pura casta indígena, se disfrazan á veces de levita». Remata: «¿Si será cómico ver a dos indios que en vez de taparrabo y montera, se pongan levita y tongo?». Ya nauseabundo, anota: «Hay mucha diferencia entre una señora de noble cuna, y las progenitoras de raza indígena de aquellos vicharrachos que para darlos a luz, no tuvieron siquiera un pesebre, sino las cuevas de los salvajes en el cerro Huari» (La Abeja, 29 de mayo de 1918). No obstante que las ofensas en esa tribuna del pleito y de la difamación, La Abeja, iban y venían, el arpista Gerardo E. Cavero, que atribuye a los contrincantes de sentirse orgullosos por sostener «miles de pleitos», hacia el mes de mayo de 1916, denuncia el primer impreso por abuso de 211
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