atropellos a la clase indígena» y a otros propietarios. En cuanto a Eusebio Cajamarca, «maniquí del nombrado Cordero», «solo sirve para abusar en la forma más censurable de su puesto, para obligar en toda ocasión a los varayos, a que recojan las bestias de los vecinos» y evitar que se cumplan las sentencias judiciales (La Abeja, 28 de febrero de 1916). Los vecinos acusaban, asimismo, al teniente gobernador a sus adversarios por deudas imaginarias o cualquier banalidad. En cuanto a Eliseo Cavero, a quién se le llama «rústico», «bandolero», «personaje de leyenda de la peor especie», cuestionándose que se le haya otorgado una autorización para transportar correspondencia entre Ayacucho y Lucanas porque: «Se emborracha con una frecuencia de consuetudinario. En sus bombas bestiales, se da por llamarse el Cristo de Pacaycasa, lo que sale a pregonar por todas partes. Y así sus borracheras terminan siempre con escándalos fenomenales» (La Abeja, 28 de febrero de 1916). Los vecinos, ciertamente enemigos personales de Cajamarca, Cavero y Cordero, llegan al punto de mencionar que, en un número anterior de La Abeja —por lo visto un semanario sensacionalista que obtenía provecho de estas rencillas—, publicaron la partida de bautismo de Anselmo Cordero y, con crueldad, infinita puntualizan que allí consta, como si fuera relevante para el caso, que es hijo «de padres no conocidos». Rematan con odio «de manera que no puede apellidarse Cordero, sino que es un anfibio, y esta por tanto, muy lejos de ser hermano del señor subprefecto de Huanta» (La Abeja, 28 de febrero de 1916). Los defensores de Eliseo Cavero y Anselmo Cordero, bajo el membrete de «Verdaderos vecinos de Pacaycasa», desmienten violentamente el escrito que atribuyen a Gerardo Cavero. «Todo lo que dice Gerardo Lagarto, es torpe, injusto y falso en lo absoluto». Los hacendados hacen sorna de sus orígenes sociales y étnicos y hasta de su actividad artística: «[…] si su madre, le ha puesto por apellido Cavero, es por darle alguno». En otro pasaje, se lee: «Esperamos que el mestizo Gerardo de Conchopata, no nos obligue a publicar sus feos antecedentes». Agrega el feroz libelista: «No porque ahora se viste con ropa oscura se crea persona decente ese Gerardo, no olvide el dicho ‘que la mona aunque se viste de seda, mona se queda’. Así, él aunque ahora ha dejado el poncho siempre es el mismo y conocido mísero arpista» (La Abeja, 26 de marzo de 1916). El conflicto persistió en las páginas de La Abeja. Se sucede una respuesta a Gerardo Cavero. Le atribuyen a este último «que ha dado en la 210
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