Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

Hacia finales de 1901, bajo el título «Chumbivilcas. Los atentados criminales de Isaac Velazco, hacendado de Livitaca, provincia de Chumbivilcas», se publicaría en el número 279 de El Comercio de Cusco un comunicado en el que Julio Daniel Espinoza Chamorro denunciaba los abusos del hacendado José Isaac Velazco. Velazco es descrito como un hombre desalmado, cuya fortuna había sido adquirida por la violencia y el fraude, dueño de vidas y riquezas, burlador de la justicia, escarnecedor de la ley. Se relata en el diario cusqueño que el hacendado: [r]odeado de 30 o 40 forajidos, reclamados por el presidio, roba descaradamente a cuantos disponen de algo; arrebátales por la fuerza y sin más remuneración que la octava parte de su valor, mulas, toros, lana, etc., sin perdonar ni la cola de los caballos; castiga sin piedad a quienes se le antoja y como quiere, llegando en su inhumana obra a emplear torturas aflictivas e infamantes, que están proscritas de todo país civilizado y que todo hombre, por el hecho de serlo, execra y abomina, como el bárbaro castigo del cepo y otros instrumentos de atroz suplicio que Velazco ha tenido y tiene en su finca, para hacerse justicia por sí mismo y vengarse de los que, como el infrascrito, no se doblegan antes sus imposiciones humillantes, ni se dejan explotar vilmente (El Comercio, Cusco, 9 de setiembre de 1901). En el comunicado publicado en El Comercio, se describe la supuesta personalidad del hacendado: «Velazco se jacta de ser el prohombre y figura culminante de los tres departamentos Cuzco, Lima y Arequipa, se ufana de que cuando viene a esta ciudad le hacen la corte…los más eminentes abogados». El poder del gamonal Velazco sería tan grande que absorbió el poder de todas las autoridades (políticas, judiciales y municipales) y actuaba hasta de párroco. Ejercía una suerte de omnímoda dictadura y bajo su amparo se cometían toda clase de tropelías y exacciones («en pleno orden constitucional perpetra delitos de lesa cultura y de lesa humanidad»): Hace meses que este bribón se restituyó a su finca, después de dos años de permanencia en Lima, a donde, según dice, había ido a estudiar. Natural era, pues, presumir que en la capital que es el primer centro culto de la república, se hubiese imbuido cualquiera en las más elementales nociones de moralidad, instrucción y modales de gente civilizada; pero lejos de eso, parece que la influencia de las escasas luces que acaso haya podido adquirir no han contribuido sino a refinar sus instintos de fiereza selvática, acusar su astucia innata para la explotación, en mayor escala, de los infelices y encallecer su conciencia, blindándola contra los dictados de la justicia y del honor. ¿Qué otra cosa puede juzgarse de un pícaro, 195

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