uno de tantos tiranos que amordazan la prensa? (El Comercio, 26 de junio de 1893). El abogado de López Albújar tiene hacia la prensa peruana expresiones negativas: «Si en otras partes del mundo se puede considerar la prensa como el cuarto poder del Estado, si en Francia, por ejemplo, se editan hijas como la palabra libre; aquí el periodismo parece no ser más que una industria nacional y yo opino que toda hoja de mercader solo merece el nombre de la palabra atada». En otro pasaje, Fuentes añade con ironía: «Hoy las cuestiones de patriotismo se quieren resolver a golpes y a la punta de la pluma se le quiere oponer la punta de la espada. Por eso, en medio de una gran red de abusos, nosotros, somos los llamados a empuñar, no la espada de Alejandro sino la pluma del censor». Recuerda luego: «Con cárceles, con denuncias oficiosas no se refrena jamás la voz de la conciencia honrada ni la honradez de la conciencia». Y remata: «Mientras nosotros no hagamos otro papel que el de consejeros, que el de propagadores de buenos principios, nadie debe empuñar la mordaza para ahogarnos la voz». Fuentes culmina su discurso con frases rotundas: el jurado no puede ser «una máquina trituradora del libre pensamiento». Teme, sin embargo, como «soldado del periodismo», que hallándose en el Perú, «el país de las intolerancias injustas y las tolerancias por conveniencias», no encuentre justicia en inequívoca indirecta al jurado que debe emitir el veredicto. Se oyen muchos aplausos. El juez agita la campanilla. Todo queda en silencio por un instante. Luego dice: «Puede usted continuar, pero respetando las instituciones y autoridades constituidas». Es el momento ahora de escuchar al acusado, estudiante del primer año de Letras en la Universidad de San Marcos. López Albújar apela a una invocación sentimental: «Tened en cuenta que yo, como vosotros, tengo madre y porvenir. Si me condenáis habréis destrozado estas dos columnas de mi felicidad». Posteriormente, el propio juez Viterbo Arias —al fin y al cabo, un jurista zahorí—, comentó: Con estos elementos y vuestra ilustración y la rectitud de vuestra conciencia, tenéis lo suficiente, señores jueces, para resolver el punto sometido a vuestra deliberación. Salido de las filas del periodismo al magisterio y después de largos años de práctica en el ejercicio del profesorado, bien comprenderéis, señores, cuál es la confusión, cuál es el combate de mis ideas y de mis sentimientos, al abrir una discusión en la que se compromete tal vez las libertades de la prensa, para mí tan queridas y que con tanto ardor he defendido (López Albújar, 1963, pp. 75-76). 172
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