Se me ha tratado, señores —denuncia Orihuela— como a uno de esos delincuentes execrables que ponen en peligro con sus atentados la conservación de la sociedad; y estoy seguro de que si por desgracia un tal delincuente hubiera aparecido, el coronel Jiménez nunca lo habría perseguido con la tenacidad con que me persiguió a mí; antes bien lo habría protegido, como protegió hasta el momento de dejar el Cuzco a los delincuentes que asaltaron, saquearon y arruinaron la casa del señor don Juan Vallejo en la ciudad de Urubamba, que causaron dos muertos e innumerables heridos en el acto del asalto y que, en fin, han sembrado la semilla de la discordia, de la desmoralización y del odio en aquella provincia benemérita a la Patria, laboriosa y pacífica, donde tuve la felicidad de ver un día la primera luz (Defensa del doctor don Telémaco Orihuela ante el Jurado de Imprenta […], 1982, p. 11). Orihuela persiste en la necesidad de distinguir entre calumnia e injuria. Cita para ello las normas respectivas del Código Penal de 1862, el Código de Enjuiciamientos y la ley de imprenta44. En buena cuenta, lo que hubiera deseado Telémaco Orihuela y que, en verdad, coincide con el ideal de la legislación, es que lo juzgasen por delito de calumnia y que le permitiesen probar los cargos contra el prefecto Jiménez (que los había) en condición de libertad. Así lo explica: Lo que ordena en las disposiciones que acabo de leer es, pues, que al reo de injuria, una vez probado que la profirió, se le aplica irremisiblemente la pena sin permitirle siquiera que pruebe la verdad de las palabras injuriosas; mientras que al reo de calumnia se le admite que pruebe la verdad de la imputación, y en probándola queda libre de pena, y la razón de esta diferencia es obvia: calumnia existe cuando se imputan delitos en cuya persecución está interesada la sociedad, delitos que el Ministerio Público tiene la obligación de acusar; mientras que la injuria se refiere a actos enteramente privados y que nadie puede tocar sin profanar el santuario de la conciencia o del hogar doméstico (Defensa del doctor don Telémaco Orihuela ante el Jurado de Imprenta […], 1982, p. 12). En otro pasaje, Orihuela se distancia (reconoce que esto predomina en la prensa cusqueña) de los «menguados escritores que no saben ocuparse más que de la vida privada de los hombres y que emplean como arma de combate las injurias y los denuestos» (Defensa del doctor don Telémaco Orihuela ante el Jurado de Imprenta […], 1982, p. 12). Queda claro que no forma parte de sus filas. Su preocupación ha sido el interés público únicamente. Asegura que en su lucha con el coronel Jiménez no recurrió nunca a las injurias. En un pasaje que encarna no solo coraje, sino una mente brillante y un espíritu democrático, el letrado cusqueño afirma: 159
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