despachados por la Compañía Peruana fuesen entregados a Dreyfus por cuenta de su crédito». Así, recalca el suscrito: «[…] no hemos tenido buques ni armas porque Piérola entrego 100 millones a Dreyfus y además le confió todo el guano exportado en su época y que navegaba hacia Europa cuando Piérola hizo su revolución». A juicio de Vinatea, la entrega del guano a Dreyfus y la rescisión de los contratos, primero con la Compañía Peruana y después con Crédito Industrial, llevaron al país a una situación económica dramática e insostenible. Ante la falta de dinero, «Piérola inundó el mercado de billetes de incas arruinando con ello al Perú, y entregándolo inerme al conquistador». El escrito culmina con un aparatoso ataque al «Califa»: Ahora después de haber entregado así a su patria al extranjero, después de haberla deshonrado y arruinado ha venido Piérola con el objeto de defender ese crédito de Dreyfus que todavía no está cancelado. Piérola ha venido por los últimos girones de la patria para partirlos con Dreyfus. Léase bien la defensa que hace en Francia el abogado en el caso Dreyfus y se verá el secreto que tiene Piérola. Piérola no tiene ambición sino codicia. Si ambición hubiera sido se habría dejado matar en San Juan, no habría corrido con los primeros cuando comenzaba la batalla de Miraflores para esconderse en Vásquez. / He ahí Piérola (Vinatea, 1884). En el número 15235 de El Comercio (21 de junio de 1884), Nicolás de Piérola publicaría un escrito en su defensa, bajo el título de «Mi cobardía en la batalla de Miraflores». Lejos de defenderse de las acusaciones sobre las denuncias de corrupción por la firma del contrato Dreyfus, le preocupaba más al caudillo arequipeño el haberse afirmado que, no bien iniciada la batalla de Miraflores, huyó para esconderse en un paraje conocido como «Vásquez»: Es imposible encontrar una calumnia, más completa, ni más desvergonzada. Yo he estado sobre la línea de combate, desde que se rompieron los fuegos hasta su término final, y no a distancia de las tropas, sino al lado mismo de nuestros soldados, ni siquiera a pie y protegido por los muros de un reducto, sino a caballo, recorriendo la línea incesantemente. Mi hijo un joven de 19 años, que no se separó un instante de mi lado durante toda la campaña, como en San Juan, vio caer su caballo acribillado por las balas, que vinieron a honrar su propio uniforme […] En cuanto a Vázquez, lugar designado por el calumniante, yo no he llegado a él, sino cerrada la noche; trasladándome del campo de batalla a dicho punto, ocupado por el Estado de la Reserva de Lima, y eso solo para adoptar las 140
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