Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

hice más que reproducir las hablillas que entonces corrían de boca en boca. Pues bien, ¿esa es mi calumnia, esta es mi difamación? (Carmona, 1861, pp. 18-19). Se observa que el juez orientaba correctamente la audiencia. Así, cuando Vicuña Mackenna se desvió del caso concreto con la lectura de cartas y folletos, el juez le advirtió: «Si prosigue su lectura, el acto sería interminable: será preciso suspender la sesión hasta mañana» (Carmona, 1861, p. 19). Vicuña se pregunta, a modo de alegato: «¿Se pretende acaso que el historiador se convierta en un adulador perenne, sin honor y sin conciencia?» (Carmona, 1861, p. 19). Reflexiona el estudioso: «La historia contemporánea, se objeta: es peligrosa e inoportuna porque viven todavía los actores o sus hijos. Pero esta es precisamente la importante a la vez que difícil misión del historiador». Ya para finalizar, el juez toma la palabra y resume lo señalado por el denunciante: El autor del impreso acusado no se ha mostrado como historiador ni como biógrafo, al ocuparse del bosquejo histórico del Dr. Rodríguez Aldea; y que por el contrario, se ha desviado en su obra de todas las consideraciones de la verdadera historia, ocupándose solo de difamarlo y de acarrear sobre él y sus hijos la animadversión y el oprobio (Carmona, 1861, p. 20). El juez letrado sintetiza también la posición del historiador denunciado: En su obra no se ha apartado de los límites y de las conveniencias de la historia, y que si se ha visto en la triste necesidad de publicar graves acriminaciones contra el Dr. Rodríguez Aldea, ha sido obedecido a un deber imprescindible del historiador, el cual tiene muchas veces que entrar en el trato familiar de sus personajes, para dar a conocer su verdadero carácter. Que ha hecho justicia a sus méritos como jurisconsulto eminente, y que al tacharle algunas faltas o errores, jamás tuvo la intención de agraviar a su familia. Ha leído varias cartas y documentos que a su juicio lo justifican completamente de los cargos que le hacen (Carmona, 1861, p. 120). Una vez levantada la sesión, el jurado procedió a deliberar. Después de un largo debate, entregó su veredicto al juez, quien pronunció las palabras: «¡No es culpable!», seguramente con la simpatía de la mayor parte del público (Carmona, 1861, p. 21)34. 14. TORIBIO PACHECO Y UN DIPLOMÁTICO DE ALDEA 120

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