Justicia profana. El jurado de imprenta en el Perú

cualidades esenciales al historiador» (Carmona, 1861, p. 14). El letrado pretende, sin embargo, que la historia sea considerada «la salvaguardia de las glorias nacionales, el castigo de los tiranos y la glorificación de la libertad» (Carmona, 1861, p. 14). Más adelante, remarca que una historia «sin piedad», «sin justicia», «ni sabiduría», más valiera mil veces que quedara «condenada al olvido» (Carmona, 1861, p. 14). Cáceres se pregunta, por último, si bajo el nombre de la libertad de prensa se entroniza una licencia salvaje que nos lleve a decir: «¡Oh Libertad! ¡Qué crímenes se han cometido en tu nombre!» (Carmona, 1861, p. 15). Vicuña Mackenna, a su vez, defiende sus asertos. Después de citar con vasta erudición a Napoleón, la reina Victoria, Madam Rachel, Talma, entre otros personajes, estima que es una cuestión esencialmente histórica en el que de por medio se halla el pasado de toda una nación y no un simple juicio de familia (Carmona, 1861, p. 15). En un momento pintoresco de la audiencia, cuando el abogado Cáceres pidió al juez que llame la atención a Vicuña Mackenna por no ocuparse de la cuestión, el historiador le recordó, con terrible ironía, en medio de la hilaridad del público, que su padre, el ingeniero geógrafo D. Bernardo Cáceres, había confundido los planos de un baño con la batalla de Yungay (Carmona, 1861, p. 16). Venganza de historiador. No obstante, el abogado Cáceres usaba también el sarcasmo: acusó a Vicuña de haber escalado la tribuna de la difamación «desde que aprendió a vivir» y que «en toda su corta y borrascosa vida no ha hecho más que predicar la inmoralidad, la discordia y la relajación» (Carmona, 1861, pp. 16-17). Vicuña Mackenna, en el marco de su defensa, formula una reflexión sobre el papel de su oficio: El historiador, señores, no solo tiene el estricto deber de consignar en sus trabajos los hechos que resalten luminosos de sus profundas investigaciones: también se ocupa de pintar el cuadro en que figuran los personajes de historia; es decir, las tendencias de la época, el carácter del pueblo en que han vivido y la opinión que este pudo formarse de ellos, sea falsa o exacta; pues en esta misma opinión se puede estudiar los antecedentes de esos personajes, y los actos de su vida que influyeron en darle tal o cual colorido. Casi todos los historiadores contemporáneos han hecho otro tanto; ya sea en los bosquejos biográficos con que ilustran sus obras, ya sea en los episodios con que procuran al lector un agradable paréntesis a la relación descarnada de los hechos. No ha sido otro tampoco el rumbo que he seguido al trazar el cuadro en que descuella la importante figura del doctor Rodríguez Aldea. Para darle un barniz halagüeño descendí hasta el corazón del pueblo, hasta los corrillos de la vida doméstica, y no 119

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