Juan de Betanzos y el Tahuantinsuyo

Tahuantinsuyo. Esta situación es presentada claramente por Juan Diez de Betanzos en el prólogo a su obra, cuando afirma que no podía ser elocuente en su texto, porque debía guardar la forma de hablar de los naturales, «[…] para ser verdadero y fiel traducidor [...]» (Betanzos, 1987, pp. 7-8). De este modo, daba cuenta, también, de la aparente falta de coherencia de los relatos andinos, los que obviamente carecían del sentido de narración histórica esperado por Betanzos. Ello responde a que estamos ante un proceso de intercambio cultural en el que el cronista (en este caso, Betanzos) es testigo de rituales y receptor de relatos míticos, que luego transforma en historias destinadas a cubrir el tipo de curiosidad intelectual de sus lectores europeos. De esta manera, la memoria incaica —cuya estructura narrativa era sin duda distinta a la esperada por los cronistas y era celosamente guardada tanto por las escenificaciones a las que nos referimos anteriormente como por los probables sistemas nemotécnicos utilizados por los pobladores andinos, como las famosas pinturas que guardaban la historia de los incas, «y también sus fábulas» como anunciaba Cristóbal de Molina (1988[1550], p. 50) o los quipus y tocapus incaicos— fue transformada en hechos históricos verificables22. Sin embargo, dado que aún no disponemos de ninguna posibilidad de lectura de la tradición incaica, son precisamente las escenificaciones rituales recogidas por la documentación colonial las que nos dan cuenta no solo de su forma de recordar, sino de lo que les interesaba recordar. De esta manera, se puede entender la gran importancia que tuvo para las llamadas panacas incaicas consolidar —no sin conflictos— la posición de su fundador en el recuerdo oral cuzqueño a través de su participación en los rituales incaicos. Como se sabe, parte del prestigio de los nobles cuzqueños radicaba en pertenecer a estos grupos de poder, sobre todo, si era a uno formado por uno de los más importantes y recordados gobernantes. Esta preocupación por la memoria oral —probablemente, transmitida a Cieza por sus informantes— es la que lo hace construir la imagen de una suerte de «cronista mayor» entre los incas al mencionar la existencia de especialistas, fundamentalmente ancianos, a los que el inca escogía para recordar los hechos de su gobierno (Cieza, 1986, p. 30-31). Los últimos solo debían referirlos frente a él y, luego, ante su sucesor, con el fin de continuar con la tradición. De este modo, en la lucha por la memoria incaica —en la versión de Cieza—, aparentemente, esta situación no se limitaba al gobierno de cada inca, sino que los supuestos 56

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