quienes tales rasgos eran «corrupciones», se caracteriza precisamente por revertir tales propiedades (con excepción de (c), para lo cual descartan <x> a favor de <s> ~ <ss>, como en <cussi>), a favor de aquellas que consideran las formas correctas (las segundas de las citadas en los ejemplos listados). En contraste, como podrá advertirse en los índices ofrecidos, el quechua betancino ilustra precisamente la variedad estigmatizada tanto por el sínodo limense como por el Inca Garcilaso, y por consiguiente reñida con la forma canonizada por aquél y codificada más tarde por el Anónimo (2014 [1586]) y por Gonçález Holguín (1974 [1607], 1952 [1608]). Ahora bien, podría argumentarse que en la medida en que el quechua de doña Angelina, trasladada muy temprano a Quito en calidad de mujer de Atahualpa, tiene buena parte de los rasgos que acusa el dialecto ecuatoriano, la «lengua general» ilustrada por Betanzos no estaría reflejando en verdad la variedad cuzqueña de sus tiempos sino la de los quiteños (la variedad «norteña» de que hablaba Mannheim). El argumento, sin embargo, no tiene sustento, desde el momento en que dicha «lengua general», como se dijo, se trasluce no solo en los escritos de Betanzos sino en la de todos los cronistas tempranos, pero sobre todo en los tratados lingüísticos del Nebrija indiano. Tal, en suma, el quechua llamado también chinchaisuyo17, al que, sin advertirlo, el historiador cuzqueño trata de oponer su «lengua general», que no es sino el quechua conciliar. No otra cosa se desprende del pasaje de su Historia general en el que busca explicar las dificultades en el entendimiento entre Felipillo y el inca Atahualpa, que según el autor se habría debido, entre otros factores, al hecho de que el intérprete no manejaba la lengua «del Cozco» sino la de Chinchaisuyo, y lo hacía «bárbaramente», de manera que el inca se habría visto obligado a sintonizar con el dialecto del faraute18. Aquí debemos recordar lo señalado previamente: que la oposición dialectal insinuada por el Inca resulta arbitraria, desde el momento en que está asumiendo que Atahualpa hablaba el quechua conciliar, cuando sabemos que, aparte del anacronismo implícito, todo conduce a pensar que tanto Felipillo como el último soberano inca hacían uso de la misma variedad: la chinchaisuya. ¿No es que estamos hablando de la «lengua general» que Betanzos aprende y refuerza de labios de su propia mujer? Tampoco se trata de un asunto familiar, pues igual testimonio de ello nos dan los cronistas 33
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