indiano16, sino también que el corpus de la lengua índica consignado en su obra constituye una de las mejores evidencias de que la variedad quechua que lo subyace era precisamente la empleada por «los señores» y la «gente principal» de aquella tierra. En efecto, una vez despojados de los resabios glotológicos renacentistas de la época y liberados de los criterios normativos establecidos por los jesuitas del Tercer Concilio Limense (1582-1583), lo que constatamos simple y llanamente es que el quechua de Betanzos no difiere del que aparece registrado en la primera gramática de la lengua (Santo Tomás 1994a [1560], 1994b [1560]), muy diferente por cierto, sobre todo fonológicamente, del propugnado por el sínodo limeño y defendido ardorosamente por el Inca Garcilaso. Tal era, en verdad, el «quechua general» recogido por el ilustre sevillano en la región de Chincha, pero de cuyo uso expandido a lo largo y ancho del territorio del Tahuantinsuyo da testimonio. Para ser más precisos, era la misma variedad adoptada como «lengua oficial» por los últimos soberanos cuzqueños, según la tradición recogida entre otros por el cronista Murúa (1987 [1613], I, XXXVII, 136), la misma que sería difundida y afianzada allí donde la lengua no había llegado, o no lo había hecho plenamente, como resultado de su expansión en tiempos preincaicos. En última instancia, era la misma que empleaba el Inca Garcilaso, según se puede echar de ver en sus primeros escritos, comenzando por la manera en que estampaba su firma (donde leemos <Ynga>, como en Betanzos, y no <Ynca>), y antes de que abrazara apasionadamente la práctica ortográfica de sus predilectos amigos jesuitas (Cerrón-Palomino, 2013b, III, § 3). ¿Cuáles eran los rasgos de la «lengua general», conocida también como «marítima» o costeña, según emerge esta de los escritos de Betanzos? Para limitarnos solo al aspecto fonológico, ellos pueden resumirse en cinco propiedades: (a) ausencia de consonantes aspiradas y glotalizadas; (b) sonorización de las consonantes oclusivas precedidas de una nasal (<tambo>, <indi>, <changa>, <inga>, en lugar de <tampu>, <inti>, <chanca>, e <inca>, respectivamente); (c) registro de dos sibilantes, una dorsal /s/ opuesta a la palatal /š/, representada por la grafía <x>, como en <guaçi> y <cuxi>); (d) cambio variable de la vibrante /r/ por /l/ (así en <laymi> y <landy>, en vez de <raymi> y <ranti>); y (e) tendencia a la pérdida de la postvelar /q/ en final de palabra (como en <Topa> y <tocorrico>, en lugar de <Tupac> y <tocricuc>). De más está señalar que la variedad cuzqueña afianzada por los jesuitas del Tercer Concilio, para 32
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