míticos: por un lado, el origen del mundo y la saga de los hermanos Ayar, y, por el otro, la revelación del futuro Pachacutiy y la guerra contra los chancas; y, en el libro segundo, consignará la versión de fuente ocular respecto de las guerras civiles entre Huáscar y Atahualpa. Pero si bien la narración ofrecida por el cronista, sobre todo en la primera parte de su obra, proviene básicamente de la fuente mencionada, para la redacción de la segunda parte, que narra hechos cercanos a la conquista y por consiguiente al avecindamiento del autor en el Perú, recurre a otros testigos presenciales de los acontecimientos narrados, según él mismo se adelanta en señalar: «no la traduje y recopile siendo ynformado de uno solo sino de muchos y de los mas antiguos y de credito que halle entre estos naturales». En cuanto a la prosa del autor, que busca verter al castellano las estrategias narrativas propias del quechua, de tal manera que al leerlo resulta inevitable sentir las resonancias prosódicas y las cadencias estilísticas de la lengua, ya lo señalaba el propio autor, al decirnos que no se consideraba sino «fiel traduçidor», y que por ello tenía que «guardar la manera y horden del hablar destos naturales». No eran, pues, pura retórica sus excusas relativas a la modestia de su prosa, ajena a todo «estilo gracioso» y a toda «eloquençia suave», pues por encima de ello estaba, antes que la forma, el contenido de los hechos narrados («tengo de traduzillas como ello passava»). No lo entendieron así, sin embargo, nuestros historiógrafos fundacionales; y así, en opinión de Riva-Agüero, la Suma es «confusión y barbarie» (Riva-Agüero, 2010 [1910], p. 215), mientras que para Porras «el relato de Betanzos es áspero, rústico, pobre de lenguaje y de los monótonos y difíciles de leerse entre los cronistas» (Porras Barrenechea, 1986 [1962], p. 310). Si bien tales (pre)juicios se formularon sobre la base de los dieciocho capítulos hasta entonces conocidos de la obra betancina, tal como la diera a conocer Jiménez de la Espada (1880), nada impide pensar que no les hubiera hecho cambiar de opinión la lectura de los 64 capítulos restantes. Es más, Porras señala también que nuestro cronista es «incapaz de un comentario personal» (1986 [1962], p. 310), lo cual no es cierto del todo, pues, para referirnos únicamente a la parte conocida por él, su opinión sobre el significado del nombre de <Guaina Capac> no podía ser menos personal y categórica, según puede leerse en el pasaje respectivo (ver cap. XVI, fol. 36v). Como lo hemos señalado en otro lugar, en verdad Betanzos es el único cronista 29
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