504 César Castro hay narcotizados por los bienes intelectuales. Tanto en las limitaciones especializadas del profesionalismo ciego, como en la frivolidad del «diletante» vano, existen, desde distinto ángulo, un similar y condenable divorcio entre la Inteligencia y la Realidad profunda. Así como la ley fundamental de la economía no es el acaparamiento sino el empleo de los valores materiales en beneficio de las exigencias del hombre y la civilización, también la norma fundamental de una cultura auténtica radica no en la acumulación del saber sino en su adaptación del hombre para la plena realización de sus destinos. El saber es como la riqueza. Fecundo cuando está al servicio del hombre; peligroso cuando, deshumanizándose, se pone al servicio de sí mismo. Y es bajo esa luz inextinguible que deben recordarse siempre las palabras clásicas puestas al pie de las severas figuras de mármol que en el pórtico de la Biblioteca Pública de Nueva York, presiden el diario desfile de la muchedumbre indiferente. La primera inscripción dice, «Belleza, vieja pero siempre nueva, eterna voz». Y la segunda: «Pero al fin, sobre todas las cosas que existen, la verdad acaba llevándose consigo la victoria».
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