Inocencia justificada contra los artificios de la calumnia

de su larga vida y se extendieron al punto que un historiador pone énfasis en su «biología vigorosa» 11 • No obstante ello, fue nominado al Obispado de Córdoba, en el Virreinato del Río de la Plata, premio consuelo un tanto amargo para él, ya que prefería su ciudad natal de Arequipa. Su estancia cordobesa duraría poco tiempo al ser nombrado delegado al Concilio Provincial de Charcas en Jujuy entre 1774 y 1778. En el Concilio, Moscoso se enfrentó a otros delegados y los rumores sobre su vida licenciosa salieron nuevamente a relucir. Una denuncia menciona su «correspondencia con una niña soltera» a quien metió en su Palacio por una puerta oculta y su «pública, mala Amistad y correspondencia con una hija del Secretario de Camara [...] casada con don Pedro de los Reyes» 12 • Todo esto no le impidió hacer aliados importantes y continuar con su papel de mecenas de la Iglesia a través importantes donaciones. A fines de 1778 recibió el importante puesto de obispo del Cuzco, donde fue recibido con los rituales correspondientes en diciembre de 1779. Su nombramiento irritó a un grupo de españoles con mucho poder en dicha ciudad, que esperaban que con las reformas recién sancionadas por Carlos III, los peninsulares tuviesen preferencia en los puestos públicos antes que los criollos 1 3. En los años previos a su nombramiento en Cuzco, sobresalen su capacidad de trabajo, su disponibilidad para enfrentar a sus adversarios, la inversión patrimonial en la Iglesia y su propia carrera, y sus escandalosas aventuras amorosas. Aunque los seis años en los que ejerció dicho cargo estarían dominados por la rebelión de Túpac Amaru, las características anteriormente mencionadas no desaparecerían. La estancia de Moscoso en la capital incaica coincidió con la de poderosos rivales como Antonio de Arriaga, el corregidor de Tinta. La enemistad provenía de tiempo atrás, cuando Arriaga había sido gobernador interino de Córdoba y se había opuesto a algunos nombramientos de Moscoso 14 • De ahí que un nuevo enfrentamiento parecía inevitable. Y el desenlace terminó siendo fundamental para la historia del Perú. Mientras que Moscoso y Peralta era un criollo valiente y emprendedor, educado por los exiliados jesuitas; Arriaga era español y un firme impulsor de las reformas impuestas por Carlos III, que buscaron fortalecer el poder español a través de una mayor recaudación fiscal; la preferencia por los peninsulares sobre los criollos en la administración pública, y la instauración del regalismo, que implicaba un mayor control de la Iglesia por parte del Estado. Ambos eran personajes complejos, con cada vez mayor poder, enemigos importantes y que compartían los persistentes y mutuos rumores acerca de su honestidad y comportamiento. El conflicto podría ser visto como un simple enfrentamiento entre un criollo y un español, o entre un sacerdote y un representante de la corona con nuevos aires seculares ('regalistas' sería el término más apropiado). Sin embargo, la realidad, como siempre, es más compleja e interesante. 11 Bacacorzo, Don Juan Manuel, pp. 28-29. Su «Relación de Servicios» enumera sus numerosos cargos dentro de la compleja jerarquía eclesiástica. Eulogio Zudaire, D. Agustín de ]áuregui y Aldecoa (II) Virrey Interino del Perú {Pamplona: Diputación Foral de Navarra, 1979), p. 463. 12 Bacacorzo, Don Juan Manuel, pp. .32-3.3 (Carta de Andrés Santos, 25 de abril de 1778). En un trabajo típicamente rigoroso, Vargas Ugarte duda de la seriedad de las acusaciones y defiende a Moscoso y Peralta de lo que él considera «calumnias» en cuanto a su vida íntima. Vargas Ugarte, Por el rey y contra el rey, pp. 50-54. 13 Juan José Vega, Túpac Amaru y sus compañeros (Cusco: Municipalidad del Qosqo, 1995), tomo I, pp. 82-84. 14 Campbell, «Rebel or Royalist?», p. 140. - 10 -

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