Historia del distrito de Wanchaq: sociedad, cultura y modernidad

Historia del distrito de Wanchaq Historia del distrito de Wanchaq 58 | 59 | Calderón, quien asumió la Presidencia de la República en 1904. Su afiliación al partido no respondía al perfil clásico de una burguesía vinculada a grandes riquezas provenientes del comercio bancario o agroexportador, sino a otra vertiente del civilismo asociada con una burguesía académica o intelectual.145 Bajo estas características, la afiliación de la pequeña burguesía al Partido Civil resultó, en muchos casos, un medio de movilidad social146 o una reafirmación del poder político, económico e incluso intelectual de sus representantes. En el escenario cusqueño de principios del siglo xx, el civilismo estaba fuertemente enraizado en diversos organismos de gobierno e instituciones públicas. Serapio Calderón, quien causaba asombro en una Lima marcada por estigmas al ser considerado un “serrano blanco”,147 retornó al Cusco después de su breve desempeño como presidente de la república para retomar sus funciones en la Corte Superior de Justicia. De igual forma, el civilismo tuvo una sólida representación en la Universidad Nacional de San Antonio Abad, a cargo de Eliseo Araujo, y en la prefectura de la ciudad, dirigida por Juan José Núñez. El control de las instituciones públicas por parte del Partido Civil y su estrecha relación con la notabilidad provincial constituyeron una de sus principales estrategias políticas. En este contexto, el civilismo promulgó la Ley Orgánica de Municipalidades de 1873, como un mecanismo para integrar a las élites regionales con el Gobierno central, otorgando a los líderes locales mayor autonomía en la toma de decisiones políticas. Esta medida fortaleció su posición y legitimidad dentro de una estructura de control vertical, aunque con ciertas concesiones que dieron la apariencia de un incipiente proceso de descentralización nacional.148 En el Cusco, el poder civilista se alineó con el programa limeño que buscaba preservar estructuras sociales tradicionales —incluso de origen colonial—, llevando a cabo solo cambios mínimos para garantizar beneficios societarios. Baltazar La Torre, cusqueño y miembro fundador del Partido Civil, asumió la prefectura del Cusco durante el gobierno civilista. Sin embargo, al igual que muchos otros prefectos y subprefectos, La Torre no impulsó obras de trascendencia regional, en parte por la falta de voluntad para llevar adelante proyectos y reformas. Su incomodidad en el Cusco quedó reflejada en sus comentarios al afirmar que, debido a su aspecto, la ciudad no podía ser considerada un “pueblo civilizado”, ya que solo se componía de ruinas y muladares.149 Esta imagen del Cusco —compartida por propios y extraños— era, después de todo, el resultado de una serie de políticas públicas fallidas. Con la llegada del siglo xx, nuevos ánimos surgieron para enfrentar estos desafíos, y la modernización de la región parecía no estar tan distante. La llegada del ferrocarril y de la electricidad fueron argumentos más que suficientes para que las élites impulsaran sus actividades comerciales, fundamentando la idea de un franco proceso de modernización en la ciudad. Sin embargo, aunque el historiador José Tamayo Herrera haya considerado el periodo de 1895 a 1930 como la “primera modernización del Cusco”,150 en términos de impacto estructural y transformación, dicha modernización —entendida principalmente por la llegada de tecnología y la creación de fábricas— solo representó un incremento en 145 Ibid. 146 Ibid. 147 Basadre Grohmann, 2015. 148 Mücke, 2010. 149 Ibid., p. 287. 150 Tamayo Herrera, 1978. el comercio de las élites. Este proceso careció de la capacidad para sostener un crecimiento autónomo de la región y terminó siendo percibido como un fenómeno superficial.151 El panorama fue confrontado políticamente por los programas impulsados por el Partido Liberal, que denunciaban el fracaso del civilismo y proponían, entre otras medidas, el fomento de la industria nacional, la fiscalización del aparato burocrático y la restitución de tierras comunales a los indígenas. A nivel nacional, y particularmente en el Cusco, se atravesaba una situación crítica en cuanto al bienestar de las clases populares. En términos demográficos, el Censo de la República de 1876 registró un total de 2 699 106 habitantes en el Perú, de los cuales 243 032 correspondían al departamento del Cusco;152 es decir, dicho departamento representó el 9 % de la población nacional, ubicándose como el tercer más poblado. Décadas más tarde, en 1912, Albert Giesecke, norteamericano y rector de la Universidad de San Antonio Abad del Cusco, ejecutó un censo en la provincia del Cercado, en el que obtuvo resultados significativos. Los datos indican que la población total de la provincia del Cercado ascendió a 26 939 habitantes,153 lo que supone un aumento casi imperceptible respecto a años anteriores. Sin embargo, en el ámbito pragmático de la política, aquello que podría haber significado un respiro y una oportunidad para subsanar —mediante políticas públicas— las históricas brechas de desigualdad terminaron por convertirse en una mera continuación de las prácticas convencionales de indiferencia ante la realidad nacional. El censo de 1912 permite analizar la composición étnica de la población cusqueña. Del total de 26 939 habitantes de la provincia del Cusco, 9813 se identificaron como mestizos, 4462 como indígenas, 4433 como blancos, y el resto se distribuyó entre categorías como “negros”, “mulatos”, “amarillos”, “chunchos” e “ignorada”.154 Un aspecto interesante de este segmento del censo es la crítica que Albert Giesecke hace respecto al autorreconocimiento étnico de la población cusqueña. Según Giesecke, en censos anteriores es ampliamente conocido que, durante la recopilación de datos, se dieron respuestas no del todo precisas: los indígenas se declaraban mestizos, y los mestizos, blancos.155 Nota. Censo de la provincia del Cusco, llevado a cabo el 12 de setiembre de 1912 y publicado al año siguiente. Latin American Pamphlet Digital Collection. 151 Rénique, 1991. 152 El Comercio, 1894: 286. 153 Giesecke, 1913: 12. 154 Ibid., p. 27. 155 Ibid., p. 26.

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