sus bienes y rentas una fundación que ayude el desarrollo de obras de caridad o beneficencia…».305 Personas como Ignacia Canevaro, mujer de gran fortuna cuya opción de vida estuvo claramente definida a favor de los pobres por medio de una caridad que otros habrían juzgado desmedida, indujeron a sugerir la cuestión de si el Estado debiera o no restringir este tipo de obras caritativas y altruistas, con la finalidad de proteger la fortuna del individuo, aun a costa del beneficio que pudiera resultar. Por cierto, Manuel Augusto Olaechea fue el abogado de la familia Rudolfo-Canevaro, que junto a Enrique de la Riva-Agüero, serían nombrados albaceas del testamento de Ignacia Rodolfo Vda. Canevaro, la más importante benefactora peruana de los desvalidos, y como tales fueron los encargados de cumplir con las disposiciones mortis causa de la cuantiosa herencia de esta benefactora social del siglo XX.306 A finales del s. XIX y comienzos del s. XX se inauguró el tratamiento de las fundaciones en el Perú. Manuel Pablo Olaechea al describir los orígenes del prestigioso Estudio Olaechea, narra los orígenes de la institución.307 Se trata del ruidoso pleito que siguiera doña Manuela Cabrera Zegarra contra su sobrino don Pedro Cabrera Caravedo sobre el patronato de la obra pía instituida en 1651 por el licenciado Diego Hernández de San Agustín, Vicario, Juez Eclesiástico y Comisario de la Santa Cruzada. Hernández dejó una cuantiosa fortuna conformada por una hacienda en Quilloay, valle de Ica, llamada Los Pobres, que atendería con sus rentas a los menesterosos de Ica. El piadoso personaje nombró como patrón o administrador al capitán Juan de Zegarra de Guzmán y a sus sucesores, y en caso de incumplir con sus obligaciones, correspondería al Arzobispado de los Reyes que designaría al patrón. La sucesión del Patronato fue pacífica hasta el año 1818, cuando falleciera doña Luisa Zegarra de Cabrera que dejaba como herederos a Pedro Nolazco, Blas Cabrera Zegarra y Manuela Cabrera Zegarra. Entonces sería nombrado patrón y administrador de la hacienda Los Pobres Pedro Nolazco, medio hermano del presbítero Blas Cabrera Zegarra, y sorpresivamente este último denunciaría el «mal nacimiento» de su hermano mayor. El clérigo proclamaba que su hermano no era el más indicado para llevar a cabo tan delicada y menesterosa «obra pía», ya que estas obras de caridad debían ser fundadas en razones de los más elevados principios cristianos, y su hermano mayor era fruto de las relaciones entre primos hermanos y cuñados, sin la correspondiente dispensa papal y del Metropolitano que la ley de la época exigía como requisito para la validez 97
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