Historia del Derecho Civil peruano. Siglos XIX y XX

maltratos físicos y morales, haber contraído sífilis y conducirse como homosexual (que en ese momento no constituía una causal de divorcio, pero que formaba parte de la figura genérica de conducta deshonrosa).513 Denunciaba Delgado Coloma a su suegro Víctor Aparicio Gómez Sánchez, quiromántico, aficionado taurino y abogado, descendiente por el lado materno de una pléyade de jurisconsultos, y a su cónyuge de ambición desmedida; los cuales urdían un plan para sustraerse al pago del impuesto a las sucesiones por una cuantiosa herencia, consistente en inmuebles, depósitos bancarios, joyas, acciones y dinero en efectivo que dejó a su fallecimiento, hacia el mes setiembre de 1950, atacada por el cáncer, doña Adriana Porta, sostén de la familia y poseedora de un fino talento comercial y un encanto para la vida social. Luis Humberto Delgado se habría opuesto a servir de peón en estos menesteres a su esposa y su padre político, en agravio del fisco (lo que dio lugar a la apertura de un procedimiento por evasión de impuestos por la Superintendencia de Contribuciones, dependiente del Ministerio de Hacienda). A raíz de esa negativa a delinquir, según Delgado, quien funge de hombre prudente y honesto, la relación conyugal quedó estropeada. Al margen del relato de Humberto Delgado, la distancia debió haber influido en el desenlace dramático de la historia. Graciela vivía en Nueva York acompañando a su madre enferma; mientras que el demandado, en el Perú. No obstante el áspero discurso del historiador, un resquicio de nostalgia emerge cuando recuerda las amorosas cartas que recibía desde Estados Unidos y los once años de sosiego familiar. Sin embargo, tan pronto Graciela Aparicio estaba cerca de su padre el cariño se transformaba en odio. Por lo demás, la estancia en la urbe más moderna del mundo no habría sido ejemplar para Graciela. Descuidó a sus hijos tanto que uno de ellos llegó desnutrido. Adoptó, horror de horrores, las modas de la gran ciudad: fumaba sin cesar, conducía vehículos (no obstante su visión disminuida por el colapso de un nervio óptico), salía y entraba de la casa sin dar cuenta alguna a su marido, frecuentaba espectáculos sola o acompañada de amigos y amigas, que, a juicio, de Humberto Delgado, «la incitaban a la rebelión». La ruina del matrimonio no tardaría, pues, en producirse. Su inscripción como soltera sobrevino cuando sin el apellido de casada se presentó en compañía de un primo suyo en un club de caballeros, Club Regatas de Chorrillos. El caso presenta, en ese sentido, el retrato de una sociedad patriarcal. La esposa debe dar cuenta de todos sus actos al esposo y acompañarlo 165

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