Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

LAS EXPEDICIONES DE MILLER 83 Su aparición no produjo impresión ni sospecha alguna en los es– pañoles de mar y tierra, acostumbrados a esta sucesión constante de entradas y salidas, que, para realistas y patriotas, no tenían otra significación ni finalidad que la de mantener y reforzar el bloqueo. Inmediatamente, diose el vicealmirante a la tarea de observar cuál era el punto más apropiado para poner las tropas en tierra en el instante mismo en que apareciera sobre las fortalezas la señal convenida con los jefes comprometidos de las mismas, cual era una bandera blanca, izada sobre el asta del más elevado de los torreones, con la bandera española al pie, previos tres tiros de bomba o de ca– ñón, que sonarían dentro del Real Felipe. Pero ni la señal ofrecida y ansiosamente aguardada apareció du– rante muchos días, ni se recibió noticia alguna acerca de la marcha y el éxito del complot, siquiera fuese por conducto de los agentes patriotas que intervenían en el asunto, ya que no por el de los pro– pios conspiradores del Real Felipe. Por fin, el 18 de febrero, llegó a la escuadra la explicación de aquella demora y este silencio. Pezuela había sido depuesto por sus mismas tropas el 29 del mes anterior, cabalmente la víspera de la salida de la expedición de Huacho; y el 30 habían sido relevadas las fuerzas de la guarnición, por otras tan adictas al virrey novísimo, cuanto extrañas a todos los planes y compromisos discutidos y pac– tados con Santalla y con Cortines; circunstancias, éstas, tan inespe 4 radas como adversas, ante las que Miller y su gente regresáronse del Callao a Huacho el 19 de febrero. Así, infructuosamente, acabó una expedición que "ni siquiera intentó desembarcar", pues se vio sin finalidad y objetivo para ha– cerlo (2). IV La segunda salida de Miller efectuóse el 13 de marzo de 1821. Tiempo hacía que Cochrane instaba al general en jefe para la en– trega de algunas tropas con que embestir a la capital peruana; em– presa que el osado lord juzgaba sumamente fácil, contando con el descontento, algo más, con la desesperación surgente del asedio; y con la cooperación resuelta de los patriotas limeños. Parece que dos veces consecutivas, fue rechazada esta demanda, que la prudente calma de San Martín reputó siempre disparatada aventura (3). Sólo que el vicealmirante, hastiado de "permanecer en la inercia" del (2) Miller, I, 265. (3) "Antes de marchar de Pisco, volvía a instar al general San Martín

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