Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

694 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ XXV Se ha visto que los peninsulares apresuráronse a naturalizarse en el Perú, a fin de conquistar la decantada igualdad de derechos con los nacionales, que por esa nueva condición les correspondía. Pero no tardó Monteagudo en encontrar un medio de hacer repelente la naturalización. El 10 de noviembre, aprovechando la oportunidad de decretar la organización, aumento y perfeccionamiento de los cuerpos cívi– cos; decreto en que se fijaba el plazo de ocho días para el alista– miento del vecindario (desde la edad de quince hasta la de sesenta años), intercalóse hipócritamente, en el segundo artículo, una cláu– sula que a la letra decía: "Los españoles eurápeos que hayan obteni– do carta de naturaleza, se presentarán igualmente a todas las armas, en cumplimiento de los deberes que han contraído". La puñalada fue a fondo: la protesta de los heridos, general. Pesóles a no pocos el haberse hecho peruanos. Muchos de los que hallábanse dispuestos a ello, dieron paso atrás: "Se nos ha forzado -clamaban- a renegar de la patria en que nacimos: ¿Y se quiere ahora armarnos contra ella, lanzarnos a combatirla en los campos de batalla, ponernos en el conflicto de verter la sangre de nuestros compatriotas, de nuestros amigos y parientes; en una palabra, de nuestros hermanos? Triste situación la nuestra: más hubiéranos va– lido enrolarnos en el ejército realista, y allí sostener los intereses y derechos que nos incumben por el origen, por la historia y por la sangre". Y su desesperación era legítima: no naturalizarse era, pa– ra ellos, optar tácitamente por el papel de adversarios del pueblo en que vivían y del gobierno hostil bajo cuyo imperio se encontra– ban; y, al contrario, lejos de obtener paz y quietud con la naturali– zación, hallábanse en presencia de cargas evidentes, de sacrificios dolorosos para su conciencia y su patriotismo: ¿qué hacer en posi– ción tan angustiosa, tan amarga? Es lo cierto que, al poner en planta la exigencia de que los espa– ñoles nacionalizados peruanos, formaran en las filas de los cuerpos cívicos o reservas, viose incontinenti decrecer el entusiasmo de'sper· tado en el sentido de la naturalización. El número de los cuotidia– namente inscritos disminuyó visiblemente ante tal medida, que no resultaba necesaria, ni menos urgente. La segunda quincena de di· ciembre resultó paupérrima ·en inscripciones, a punto de hacerse ca'si nula en los postreros días. Ahí el fecundo e inagotable ingenio que, para el mal, ostentó siempre el ministro de la guerra, infernalmente ocupado en espiar

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