Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

678 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ Así permanecieron, los unos encerrados en el claustro merceda– rio los otros detenidos en el balneario vecino, aquellos juguetes de la 1 saña anti-ibérica de García del Río y Monteagudo, por quince largos días de ansiedad, de terror e incertidumbre, hasta el 18 de setiembre, fecha en que, cediendo -más que a sentimientos de mi– sericordia o a impulsos de verdadera justicia- a las claras mani– testaciones del disgusto público o a las solicitaciones del sentir .general, dictóse esta resolución suprema: "Removidas las causas que motivaron el decreto de S. E. el Protector (10), de tres del corriente, sobre la confinación de lo!, españoles residentes en la capital; ordeno: - J<:. Los españoles que se hallan confinados en el convento de la Merced, regresarán libremente a sus casas en el día de hoy.- 2?. Se expedirán las ór.. denes oportunas para que vengan también a sus casas, los españo· les que fueron remitidos a Ancón por vía de seguridad.- 3?. El Presidente del Departamento tomará las medidas necesarias, para precaver que haya desorden alguno en el cumplimiento de lo ·dis· puesto en el artículo primero". Firmaban los ministros García del Río y Monteagudo. XVI Una imprudencia vituperable de parte de uno de los confinados en el Convento, estuvo a punto de producir una matanza de los espa– ñoles que se hallaban en él, evitada felizmente por la serenidad, el valor y la hombría de bien con que manejóse el oficial comandante de la fuerza que tenía el encargo de su custodia. Habla el Dr. Mariá– tegui: "Las instrucciones que a los oficiales de guardia se dieron, es– taban reducidas a no permitirles (a los españoles) ·salir del convento, y a defenderlos de iodo ultraje y persecución. Uno de estos hom– bres violentos, concentrados, que nada prevén, y que, si prevén algo, todo lo posponen a su miserable pasión de venganza, estaba en el bal– cón de una de las celdas de los religiosos, como simple espectador de lo que pasaba en la calle; y, al transitar una patrulla, le disparó un ti– ro de pistola, que felizmente no hizo daño, y que, si no secundó, fue porque se lo impidieron otros que estaban con él. La patrulla dio el grito de alarma, y entonces se oyó una voz que decía: ¡Mueran los (10) Esta redacción en que quizá, ausente en el ejército no puso mientes San Martín, revela en el ministro García del Río que la hizo el cuidadoso empeño de hacer que recayese, principalmente sob~e aquél, la r~sponsabilidad de las medidas tomadas, tan repulsivas para la población capitolina. En cuanto a las causas ellas habían quedado removidas mucho antes .del 18 esto es desde el día en que se retiró, camino de la sierra, indemne y tranq~ilo, Ca~terac.

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