Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

MONTEAGUDO Y LOS ESPA:l'l:-OLES 677 tomadas para la defensa; la salida del ejército libertador, dejando en la ciudad escasa fuerza, quizá insuficiente para su tranquilidad y garantía; el anuncio en decreto separado, de que San Martín saldría el día siguiente, 4, a tomar la dirección y asumir la responsabilidad inmediata de las operaciones; y el hecho de quedar el poder confia· do al triunvirato de sus ministros, dos de los cuales, muy especial– mente Monteagudo, se habían dado a conocer como capaces de ejer– citar el más temeroso despotismo; todo concurrió a ahondar las– timosamente el espantoso efecto de la tremenda disposición, ya bas– tante abominable en sí misma. El prestigio de los gobernantes vino por los suelos, y puédese afirmar sin temor que aquel acto y aquel instante histórico marcaron el comienzo de su caída, sobre todo cuando, días después, conociéronse: la audacia de Canterac, a quien se dejó pasar y repasar impunemente entre el Callao y Lima; la estoica y rígida pasividad del general independiente, que parecía haber salido a servir de mero espectador de tal atrevimiento, sin dar paso para contenerlo y castigarlo; y la decisión heroica de Cochrane, que, ofendido por la opuesta actitud de los dos capitanes conten– dientes, había querido sustituirse al Protector en la lid y respondía de ella, pidiendo, para empeñarla, un millar de hombres, únicamen– te un millar; circunstancias, todas, que levantaron acerbas críticas: unas, condenatorias de lo que nombróse ''cobardía, inutilidad, im– pericia o estupidez"; otras, maldicientes de una fuerza, de un poder, de una energía, que sólo manifestábanse en daño de paisanos tími– dos, inermes, impotentes e inofensivos. Por supuesto que, con lo aplastante de la pena y su amenaza, en condiciones como las que se acaban de exponer, todos los conmi– nados constituyéronse, antes de vencido el plazo, en el convento de La Merced. Pero faltaba otra dolorosa sorpresa. No pocos de los recluídos, so pretexto de ser, por sus relaciones o por sus medios de fortuna, más peligrosos que sus colegas de detención, fueron, en la noche, nominalmente llamados conforme a una lista ad hoc; extraídos por gruesa columna de tregua, que luego cerró cuadro en torno al estu– pefacto grupo de súbditos viajeros; y conducidos al puerto de An– cón, cuáles a caballo, cuáles a pie -como criminales confesos o con– victos- para ser allí confinados o embarcados, según las circuns– tancias y sus exigencias. Un grito de indignación y de protesta alzóse ante tan insólita e inútil iniquidad, no ·sólo entre los hijos, esposas y parientes de aquellos cuasi proscritos, sino en la generalidad del pueblo de Lima, dado siempre a la compasión, y por hábito inclina– do del lado de las víctimas, cualesquiera que sean, ora por genero– sidad atávica, ora por humanidad, ora por caridad ingénita.

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