Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

MONTEAGUDO Y LOS ESPA~OLES 675 cados como insalvable barrera a la gran muchedumbre anónima, la independencia traía la franca apertura y la segura posesión de ho– rizontes no sospechados, en que el mérito, la simple audacia, y en todo caso el esfuerzo, podrían reivindicar lo que de derecho natural les correspondía. Los privilegios históricos y la cerrada tradición hispánica, hechos adrede para el monopolio del poder y sus honores, del influjo y sus satisfacciones, de la nobleza y sus prerrogativas, habían cedido el paso a la igualdad política y civil, con las que, ya no unos pocos favorecidos por la cuna o la casualidad, sino todos, ab– solutamente todos, sin más requisitos que la aptitud y el mereci– miento, podrían aspirar a las más lejanas posiciones, utilizar las ma– yores ventajas, y, en fin, escalar cualesquiera alturas. Ese escondi– do fenómeno de la "capilaridad social", ingeniosamente ideado por Dumont, y que, en los medios igualitarios, empuja más fácil y eficaz– mente, hacia arriba, las que el sabio denomina "moléculas huma– nas" 1 puede bien explicarnos el odio reinante contra todo retroceso hacia los exclusivismos de un régimen felizmente extinguido, y la viva adhesión con que las clases inferior y media se aferraron al novísimo sistema, que para ellas envolvía la promesa y la certidum– bre de mejorar, engrandecerse y subir. El poderío de la opinión --acentuado e incontrastable a cada nueva conquista, aún' en medio del desencanto producido por el mo– mentáneo predominio del elemento extraño, y la posposición del propio-- tenía, pues, que aplastar, como quiméricos e ineficaces cua– lesquiera propósitos de regresión, surgentes en el ánimo caído de los súbditos de la metrópoli. Y, aunque, por la riqueza y la posición social, éstos conservasen todavía su inobjetable ascendiente histó– rico, su número y circunstancias; sus propios intereses industriales, radicados en el territorio; los sentimientos de familia; la relajación de los viejos vínculos con la patria de origen; y la potencia viva del ejército libertador, con las universales simpatías que en torno suyo hervían en el seno de la capital libertada, bastaban para excluir, como risible, todo miedo de reacción y de trastorno, y para consi– derar al núcleo de los huéspedes hispanos del todo impotente o inofensivo. Empero, a la sola noticia de la salida y aproximación de Can– terac, fingiendo un temor que nadie, y menos el gobierno, pudiera abrigar; exteriorizando una hipócrita alarma que persona alguna sentía; y alardeando de un espíritu de precaución más propio para exaltar que para inspirar quietud y confianza al vecindario, cogióse ávidamente al pretexto y la ocasión que tal expedición facilitaba, para extremar la persecución contra los peninsulares, y descargar sobre ellos una verdadera montaña de vejámenes, extorsiones e in– justicias.

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