Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
674 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ sus instrucciones, tenía que volverse al Callao. Largó aquélla una lan– cha, y forzó a los infelices peninsulares a meterse en ésta, con sólo un barril de agua y un saco de galletas, y con indicación única de poder tocar y desembarcar en las costas de Chile. Pasaba esto a trescientas millas de tierra, y son fáciles de ima– ginar la angustia, la indignación y las protestas de aquellos desven– turados, así abandonados en alta mar, en las clamorosas condiciones que acaban de describirse. Cuál no sería su consternación, al ver esas dos naves, convoyante y convoyada, perderse en dos opuestos pun– tos del horizonte, es cosa que el alma más dura puede emocionaoa colegir. No había tiempo que malgastar, ni más remedio que poner; y, así, diéronse a la desesperada faena del remo, hasta aproximarse algo a la costa. Pero acabáronse los víveres; agobiarónlos la labor, el hambre y la sed; y hubieron de pasar por todas las infernales peripecias y desesperación de los naufragios más horrorosos. Devo– ráronse unos a otros. Los que conservaron alguna energía hicieron prodigios por llegar a tierra. Dieron, al fin, por ventura, con la co– rriente de Humboldt, que arrastrólos en el sentido del norte; y, des– pués de comerse o hundir en el mar a veinticinco de sus compañeros, arribaron cinco esqueletos vivos al puerto de Santa_donde, instantes después, agonizaban dos, y sólo tres recibían el generoso auxilio que, compadecido y satisfecho, pudo brindarles el noble gobernador del pueblo don Angel González. Los salvados, que aún vivían en 1858, eran: un andaluz, antiguo piloto de la fragata española I sabe!; la esposa de un español de apellido Larrañaga, que más tarde reunióse con su marido en Río de Janeiro; y un vizcaíno, apreciable vecino de Lima, don Francisco de los Heros, años después establecido en Bur– deos (9) XIII Hay dos frases modernas, muy lacónicas y significativas, quepa– recen hechas para condensar y pintar enérgicamente la :;ituación que por el momento nos toca definir. Usándolas para nuestro objeto, diremos que los intereses creados presentábanse hacia aquellos tiem– pos por todo extremo superiores a los derechos adquiridos. Y, en efecto, lo que cierto cúmulo de predestinados del régimen colonial tenía que conservar, significaba, a la sombra del nuevo sistema, mu– cho menos que la serie de beneficios que la mayoría social acababa de conseguir. Para inmenso número de gentes, que en la colonia no habrían podido salir jamás de la línea o el nivel comunes, mar- (9) Paz Soldán, t. 1, pág. 314; Pruvonena, t. I; y Muñoz, Vida de Montea– gudo, nota de la pág. 66.
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