Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

MONTEAGUDO Y LOS ESPAROLES 665 lugar, a los españoles, criollos tercos y obstinados; y en segundo, a los indiferentes" (art. 16?} "Si considerase ser necesario a la seguridad pública desterrar algunos individuos, oficiará sobre ello a las autoridades constituí· das, o tratará verbalmente con ellos, a fin de que lo hagan, con la cordura y moderación que las circunstancias ocurrentes exi– gieren" (art. 17?). III Saltante es el espíritu de estas disposiciones; y su fondo, tan conciliador y diplomático como justiciero y político, palpita en el sapientísimo contexto de todos los artículos copiados, cualesquie– ra que debieran o pudieran ser las variantes y excepciones que las circunstancias llegasen a exigir. Se ha dicho que San Martín no llegó a recibir ni a conocer las instrucciones que para él discutió y expidió el Senado de Chile; y nos– otros en el capítulo pertinente, hemos expuesto detalladamente todo lo que se sabe sobre este asunto. Sea de ello lo que fuere, obligación y conveniencia del prócer y de la causa por él sostenida, era proce– der en el sentido, racional y necesario, en que tales instrucciones aparecen concedidas. IV Pero es lo cierto que, apenas el general libertador puso planta en tierra peruana, todas las conveniencias quedaron olvidadas y las solemnes promesas se vieron escandalosamente incumplidas. La violación de unas y otras resultó clamorosa: el general, convertido en autócrata, creyó útil seguir o se encontró débil e impotente para contener, las prevenciones, genialidades y explosiones de Monteagudo. Se ha visto, al trazar el sombrío cuadro de la: vida de este tri· huno, cuán grande, antigua y profunda era la odiosidad que,,por mo– tivos explicables en su psicología, concibió y manifestó siempre con– tra los españoles. Nada hay de extraño, pues, en que, colocado al frente de un ministerio, desatase desde él sus perversos instintos, y utilizase todos los medios que el poder y una decisiva influencia po– nían en sus manos, para saciar su sed de venganza contra los que él llamaba sus irreconciliables y natos enemigos. Lo extraño es que San Martín, en su moderación y prudencia notorias,. asintiese a la perse– cución tenaz, a la guerra implacable, en que se enredó su ministro; a esa obsesión, cuotidiana y de cada momento, que al fin despresti-

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